Joludi Blog

Mar 29
Cuerpos y almas.
Está siendo un enorme éxito el libro del psiquiatra francés David Servan-Schreiber sobre la “curación emocional”. Curiosamente no propone nada sustancialmente nuevo.  Propone combatir la epidemia universal de depresión sin tanto recurso a los fármacos, sino más bien con el control del ritmo cardíaco, el deporte, el consumo de Omega 3 y otras técnicas “alternativas” que complementen lo que se ha demostrado eficaz en el campo de la medicina tradicional occidental y muy en particular la endocrinología. También promueve una especie de gimnasia ocular que, sorprendentemente, parece capaz de curar a gente muy traumatizada. Reconoce que no está claro cómo funciona. Apunta que tal vez sea porque esta gimnasia ocular nos ayuda a objetivizar los problemas. Nos hace posible que los observemos sin involucrarnos emocionalmente en ellos. Otra hipótesis sería que esta técnica de movimientos oculares podría reactivar ciertos mecanismos de reorganización de la información que tienen lugar normalmente en el sueño REM, es decir, en las fases del sueño en las que movemos velozmente los ojos.Lo esencial del éxito internacional del Dr. Servan-Schreiber es que consolida un colosal cambio de tendencia en la concepción de la enfermedad a lo largo de los siglos.Como señala el Dr. Mirko Grmek, en la Antigüedad clásica todas las enfermedades estaban en el cuerpo. Estrictamente. Aquellos primitivos médicos griegos o persas se negaban a aceptar la noción de enfermedad del alma. Estas enfermedades anímicas, pensaban, no eran sino un invento de los moralistas. Los problemas “mentales” correspondían a los filósofos. Los problemas “corporales”, a los médicos. La separación era nítida. De un lado, Galeno y Celso. De otro Marco Aurelio o Boecio.Más tarde, entrada la Edad Media, la cosa cambia. Y esto ocurre tanto en las culturas cristianas como en las islámicas, dejando a salvo las intuiciones geniales de Avicena. La nueva toma de posición medieval es que no es posible disociar los acontecimientos corporales de las venturas y desventuras del alma. Se tiende a ver la enfermedad como un castigo o una penalidad que nos impone Dios por alguna razón relacionada con el alma. Por esta razón, los milagros de los santos no consisten en levantar piedras gigantes ni en hacer germinar cultivos. Son en la Edad Media casi siempre curaciones milagrosas. Sin embargo, los medievales no atisbaron a comprender que curando el alma se podría también curar el cuerpo. No dieron este salto conceptual. Y, por otro lado, tendían a ver la curación del alma como una reconciliación con Dios. Pero, hecho ésto, recuperada la amistad divina,  ¿a quién le importaba lo que le ocurriese al cuerpo? Al extremo, desde la pura santidad, toda enfermedad o dolencia se interpretaría como mortificación deseable. En el mundo contemporáneo, descubrimos con Freud y la psicoterapia que el alma se puede curar sin recurrir a la religión. Freud nos hizo intuir que el “músculo” más poderoso del cuerpo es, en cierto modo, el “inconsciente”.  A partir de ahí, ya quedaba poco para dar un nuevo paso de gigantes hacia adelante y comprender que en realidad, toda enfermedad, en última instancia, es estrictamente emocional. El psicoanálisis y la psicoterapia sentaron las bases para comprender algún día que el ámbito verdadero de las dolencias sería la mente, no el cuerpo. Y que curando la mente curamos el cuerpo. Ahora estamos en ello.Servan-Schreiber señala que hubiéramos llegado antes a esta conclusión de no ser por los antibióticos y también por la deshumanización de las multinacionales de la farmacia. Para este psiquiatra, nos ha despistado-con ayuda de los intereses creados- el hecho de que una pastilla de antibióticos resuelva tan estupendamente los problemas del paciente, sin que cuente para nada su estado general, su situación anímica, sus otras dolencias…Los antibióticos y su formidable eficacia universar e incondicional nos han hecho pensar que el camino podría ser siempre una pastillita. Y esa idea ha sido nefasta.Pero estamos a punto de superarla. Quizá el siglo XXI sea el siglo en el que el ser humano comprenda que las emociones matan y que las emociones dan la vida. Y que cuerpo y alma son dos aspectos de una misma cosa.

Cuerpos y almas.

Está siendo un enorme éxito el libro del psiquiatra francés David Servan-Schreiber sobre la “curación emocional”. Curiosamente no propone nada sustancialmente nuevo.  Propone combatir la epidemia universal de depresión sin tanto recurso a los fármacos, sino más bien con el control del ritmo cardíaco, el deporte, el consumo de Omega 3 y otras técnicas “alternativas” que complementen lo que se ha demostrado eficaz en el campo de la medicina tradicional occidental y muy en particular la endocrinología.

También promueve una especie de gimnasia ocular que, sorprendentemente, parece capaz de curar a gente muy traumatizada. Reconoce que no está claro cómo funciona. Apunta que tal vez sea porque esta gimnasia ocular nos ayuda a objetivizar los problemas. Nos hace posible que los observemos sin involucrarnos emocionalmente en ellos. Otra hipótesis sería que esta técnica de movimientos oculares podría reactivar ciertos mecanismos de reorganización de la información que tienen lugar normalmente en el sueño REM, es decir, en las fases del sueño en las que movemos velozmente los ojos.

Lo esencial del éxito internacional del Dr. Servan-Schreiber es que consolida un colosal cambio de tendencia en la concepción de la enfermedad a lo largo de los siglos.

Como señala el Dr. Mirko Grmek, en la Antigüedad clásica todas las enfermedades estaban en el cuerpo. Estrictamente. Aquellos primitivos médicos griegos o persas se negaban a aceptar la noción de enfermedad del alma. Estas enfermedades anímicas, pensaban, no eran sino un invento de los moralistas. Los problemas “mentales” correspondían a los filósofos. Los problemas “corporales”, a los médicos. La separación era nítida. De un lado, Galeno y Celso. De otro Marco Aurelio o Boecio.

Más tarde, entrada la Edad Media, la cosa cambia. Y esto ocurre tanto en las culturas cristianas como en las islámicas, dejando a salvo las intuiciones geniales de Avicena. La nueva toma de posición medieval es que no es posible disociar los acontecimientos corporales de las venturas y desventuras del alma. Se tiende a ver la enfermedad como un castigo o una penalidad que nos impone Dios por alguna razón relacionada con el alma. Por esta razón, los milagros de los santos no consisten en levantar piedras gigantes ni en hacer germinar cultivos. Son en la Edad Media casi siempre curaciones milagrosas. Sin embargo, los medievales no atisbaron a comprender que curando el alma se podría también curar el cuerpo. No dieron este salto conceptual. Y, por otro lado, tendían a ver la curación del alma como una reconciliación con Dios. Pero, hecho ésto, recuperada la amistad divina,  ¿a quién le importaba lo que le ocurriese al cuerpo? Al extremo, desde la pura santidad, toda enfermedad o dolencia se interpretaría como mortificación deseable.

En el mundo contemporáneo, descubrimos con Freud y la psicoterapia que el alma se puede curar sin recurrir a la religión. Freud nos hizo intuir que el “músculo” más poderoso del cuerpo es, en cierto modo, el “inconsciente”.  A partir de ahí, ya quedaba poco para dar un nuevo paso de gigantes hacia adelante y comprender que en realidad, toda enfermedad, en última instancia, es estrictamente emocional.

El psicoanálisis y la psicoterapia sentaron las bases para comprender algún día que el ámbito verdadero de las dolencias sería la mente, no el cuerpo. Y que curando la mente curamos el cuerpo. Ahora estamos en ello.

Servan-Schreiber señala que hubiéramos llegado antes a esta conclusión de no ser por los antibióticos y también por la deshumanización de las multinacionales de la farmacia. Para este psiquiatra, nos ha despistado-con ayuda de los intereses creados- el hecho de que una pastilla de antibióticos resuelva tan estupendamente los problemas del paciente, sin que cuente para nada su estado general, su situación anímica, sus otras dolencias…Los antibióticos y su formidable eficacia universar e incondicional nos han hecho pensar que el camino podría ser siempre una pastillita. Y esa idea ha sido nefasta.

Pero estamos a punto de superarla. Quizá el siglo XXI sea el siglo en el que el ser humano comprenda que las emociones matan y que las emociones dan la vida. Y que cuerpo y alma son dos aspectos de una misma cosa.


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