Joludi Blog

Feb 11
El pequeño ángel de Durero.Lo que ahora llamamos “depresión” quizá coincide parcialmente con lo que en la Antigüedad se conocía como “melancolía”. Para ser precisos, la melancolía sería un concepto bastante más amplio que el de la actual “depresión”, según nos aclaran los especialistas. Y se referiría más bien a estados de malestar menos agudos que la actual “depresión clínica”.Para los médicos de la Grecia clásica, la melancolía era siempre, en mayor o menor grado, una “distimia” o desequilibrio del más siniestro de los humores corporales: la bilis negra. Esta idea seguía siendo válida en la Edad Media, aunque se añadía la perspectiva religiosa. Hildegarda de Bingen estudió en profundidad el origen del estado melancólico y llegó a la certeza, cómo no, de que su origen era el pecado. La avidez, la lujuria y la soberbia, combinadas fatalmente, acababan por producir una personalidad melancólica. Y si no se curaban, llevarían inexorablemente, nos decía Hildegarda, hacia la posesión demoníaca y la desesperación blasfema.El remedio principal de la melancolía era la aplicación de sangrías, para intentar recuperar el equilibrio de los humores corporales. Otra opción era tomar infusiones de eléboro negro (rosa de las nieves).  Esta planta, altamente tóxica, con componentes peligrosamente cardiotónicos, debía producir consecuencias poco deseadas en numerosas ocasiones.  Pero quizá en algunos casos curaba. Quien sabe.Se pensaba que el eléboro-cuya floración se produce en fechas navideñas- le sentaría muy bien a los melancólicos porque la planta había germinado originalmente a partir de las lagrimas vertidas sobre la nieve de una niñita que lloraba porque no tenía regalos que llevar a Jesús recién nacido… Uno de los grandes melancólicos de la Historia fue Marsilio Ficino, el gran filósofo e intelectual renacentista, protegido de la familia Medicis.Ficino se negaba a aceptar que su melancolía tuviese ninguna relación con el pecado. Intuía además que un cierto grado de melancolía podría ser incluso beneficioso para la profundidad del pensamiento.Le confirmó su intuición la lectura de Aristóteles. En uno de sus textos encontró un pasaje en el que el pensador ateniense se preguntaba “por qué todas las personas que han sido eminentes en filosofía, política, poesía o artes han sido claramente melancólicas”.A Ficino le alivió mucho conocer que Aristóteles pensaba lo mismo que él. Y a continuación, escribió todo un tratado para dilucidar las relaciones entre la melancolía y la meditación. En ese libro (uno de los que componen su trilogía “De Vita”) sostenía que la melancolía podría ser el catalizador de una forma especial del genio muy propia de los artistas, el genio para explorar las fronteras oscuras entre los opuestos. Esto resultaría inaccesible tanto para los “cristianos fundamentalistas”, que dan predominio al espíritu sobre la materia, como a los “hedonistas seculares” que priman el cuerpo sobre el espíritu. Solo a los melancólicos se les franquea el paso hacia las zonas intermedias, allí donde reside la creación artística…Las ideas sobre la melancolía “generatriz” de Marsilio Ficino, tuvieron un enorme impacto entre los creadores, desde el mismo momento en que se formularon, allá por finales del siglo XV. Y cambiaron para siempre la concepción del arte y del artista. Hasta nuestros días.Ficino impresionó particularmente a sus contemporáneos, como Paracelso y Durero. Este último, un gran melancólico crónico, que al parecer pasó enormes dificultades por la habitual crisis de los cuarenta, cuando falleció su madre, se sintió muy iluminado por las teorías de Ficino. Tal vez le alivió mucho saber que su persistente tristeza podría ser también la clave de su enorme creatividad.  Y dibujó en honor de Ficino el maravilloso grabado titulado “Melencolia I”. Es una obra fascinante, que ofrece una simbología merecedora de todo un tratado. Durero da el protagonismo visual a la imagen simbólica del ángel abrumado y desconcertado, con esas alas ya no parecen aguantar el peso saturnino de la tristeza, y con la cabeza cubierta de eléboro negro. Pero Durero también dibuja a su lado una figura infantil que parece estar en plena efervescencia de creación artística.Ese otro angelote de Durero, inspirado por el gran Ficino, simboliza la otra cara-la cara positiva- de la melancolía. La melancolía creadora. La melancolía iluminadora. La melancolía fértil de los artistas.El pequeño ángel de Durero, sentado sobre la piedra de molino, junto al angel adulto atiborrado de eléboro, es un buen punto de reflexión para estos tiempos tan raros, en los que parece que está totalmente prohibido estar triste. Ni siquiera un ratillo.

El pequeño ángel de Durero.

Lo que ahora llamamos “depresión” quizá coincide parcialmente con lo que en la Antigüedad se conocía como “melancolía”. Para ser precisos, la melancolía sería un concepto bastante más amplio que el de la actual “depresión”, según nos aclaran los especialistas. Y se referiría más bien a estados de malestar menos agudos que la actual “depresión clínica”.
Para los médicos de la Grecia clásica, la melancolía era siempre, en mayor o menor grado, una “distimia” o desequilibrio del más siniestro de los humores corporales: la bilis negra. Esta idea seguía siendo válida en la Edad Media, aunque se añadía la perspectiva religiosa.
Hildegarda de Bingen estudió en profundidad el origen del estado melancólico y llegó a la certeza, cómo no, de que su origen era el pecado. La avidez, la lujuria y la soberbia, combinadas fatalmente, acababan por producir una personalidad melancólica. Y si no se curaban, llevarían inexorablemente, nos decía Hildegarda, hacia la posesión demoníaca y la desesperación blasfema.
El remedio principal de la melancolía era la aplicación de sangrías, para intentar recuperar el equilibrio de los humores corporales. Otra opción era tomar infusiones de eléboro negro (rosa de las nieves).  Esta planta, altamente tóxica, con componentes peligrosamente cardiotónicos, debía producir consecuencias poco deseadas en numerosas ocasiones.  Pero quizá en algunos casos curaba. Quien sabe.
Se pensaba que el eléboro-cuya floración se produce en fechas navideñas- le sentaría muy bien a los melancólicos porque la planta había germinado originalmente a partir de las lagrimas vertidas sobre la nieve de una niñita que lloraba porque no tenía regalos que llevar a Jesús recién nacido…
Uno de los grandes melancólicos de la Historia fue Marsilio Ficino, el gran filósofo e intelectual renacentista, protegido de la familia Medicis.
Ficino se negaba a aceptar que su melancolía tuviese ninguna relación con el pecado.
Intuía además que un cierto grado de melancolía podría ser incluso beneficioso para la profundidad del pensamiento.
Le confirmó su intuición la lectura de Aristóteles. En uno de sus textos encontró un pasaje en el que el pensador ateniense se preguntaba “por qué todas las personas que han sido eminentes en filosofía, política, poesía o artes han sido claramente melancólicas”.
A Ficino le alivió mucho conocer que Aristóteles pensaba lo mismo que él. Y a continuación, escribió todo un tratado para dilucidar las relaciones entre la melancolía y la meditación. En ese libro (uno de los que componen su trilogía “De Vita”) sostenía que la melancolía podría ser el catalizador de una forma especial del genio muy propia de los artistas, el genio para explorar las fronteras oscuras entre los opuestos. Esto resultaría inaccesible tanto para los “cristianos fundamentalistas”, que dan predominio al espíritu sobre la materia, como a los “hedonistas seculares” que priman el cuerpo sobre el espíritu. Solo a los melancólicos se les franquea el paso hacia las zonas intermedias, allí donde reside la creación artística…
Las ideas sobre la melancolía “generatriz” de Marsilio Ficino, tuvieron un enorme impacto entre los creadores, desde el mismo momento en que se formularon, allá por finales del siglo XV. Y cambiaron para siempre la concepción del arte y del artista. Hasta nuestros días.
Ficino impresionó particularmente a sus contemporáneos, como Paracelso y Durero. Este último, un gran melancólico crónico, que al parecer pasó enormes dificultades por la habitual crisis de los cuarenta, cuando falleció su madre, se sintió muy iluminado por las teorías de Ficino. Tal vez le alivió mucho saber que su persistente tristeza podría ser también la clave de su enorme creatividad.  Y dibujó en honor de Ficino el maravilloso grabado titulado “Melencolia I”.
Es una obra fascinante, que ofrece una simbología merecedora de todo un tratado. Durero da el protagonismo visual a la imagen simbólica del ángel abrumado y desconcertado, con esas alas ya no parecen aguantar el peso saturnino de la tristeza, y con la cabeza cubierta de eléboro negro. Pero Durero también dibuja a su lado una figura infantil que parece estar en plena efervescencia de creación artística.
Ese otro angelote de Durero, inspirado por el gran Ficino, simboliza la otra cara-la cara positiva- de la melancolía. La melancolía creadora. La melancolía iluminadora. La melancolía fértil de los artistas.
El pequeño ángel de Durero, sentado sobre la piedra de molino, junto al angel adulto atiborrado de eléboro, es un buen punto de reflexión para estos tiempos tan raros, en los que parece que está totalmente prohibido estar triste.
Ni siquiera un ratillo.