Feliz Sol Invicto.
Durante los dos primeros siglos del cristianismo, a ningún cristiano le importaba lo más mínimo la fecha de nacimiento de Cristo. No se sabía con certeza el año que había venido al mundo, y mucho menos se tenía la más remota noción del día o mes en que lo había hecho. Es más, para los primeros jerarcas de la religión cristiana, era más bien algo pecaminoso obsesionarse por celebrar el aniversario del fundador, y hacerlo “como si se tratase un faraón.”
Lo curioso es, por tanto, que fueran los teólogos cristianos heterodoxos o rebeldes los que promovieran la celebración anual de la Navidad. Parece que primeramente eligieron el 20 de Mayo, porque encajaba bien con la descripción de Lucas de la vida pastoril en Belén durante el nacimiento de Cristo. Solo en Primavera se podía esperar que las ovejas andasen triscando por los montes, bajo la atenta mirada de los pastores. En Invierno se supone que estarían día y noche encerradas en sus corrales.
Pero a alguien se le ocurrió que era mucho mejor cambiar el 20 de Mayo por algún día de Diciembre. En este mes tenían lugar en el Imperio Romano las fiestas saturnales y las celebraciones en honor del dios sol. Estas últimas, se habían consolidado mucho gracias a la expansión del mitraismo, la gran religión que rivalizaba con el cristianismo en la Roma decadente.
Pasar la gran celebración anual del cristianismo a una fecha muy próxima al solsticio de invierno como el 24 de Diciembre fue una genialidad. Una obra maestra de estrategia. El “racional” era fácil de enunciar. San Agustín lo hacía mejor que nadie: “nosotros los cristianos hacemos sagrado este día, no como los paganos, por el nacimiento del sol, sino por el nacimiento de quien lo creó”.
Este no fue el único golpe de mano de los cristianos contra la pujante religión de Mitra. Además de la Navidad, los primeros cristianos también supieron neutralizar–absorbiéndolas– otras muchas creencias mitraistas como la idea del nacimiento virginal (Mitra nace de una roca), el bautismo, el grupo de doce discípulos o apóstoles (trasunto de los signos del zodiaco), la eucaristía, el nacimiento en una cueva (o establo) y la presencia de pastores tanto en el nacimiento como en la resurreción del dios.
En cierto modo, por tanto, cuando celebramos la Navidad, estamos celebrando el “nacimiento del sol invicto”, tal como lo concebía la religión ancestral de Mitra.