Hitler pintor.
Cuenta Hitler en Mein Kampf, que en su juventud, cuando trataba de abrirse camino como pintor en Viena, no entendía bien el fenómeno del antisemitismo. El no había vivido ningún antisemitismo en su familia, pues su padre era de “orientación universalista”, nos dice.
Hitler nos explica que por entonces no acababa de entender el odio a los judíos. Le parecía mal la persecución meramente religiosa desatada hacia ellos. Pero su “revelación”, su fogonazo de Damasco antisemita comienza justo al darse cuenta de que todo el mundo del arte y la cultura en Viena, (ese mundo que a él le cerraba las puertas sumiéndole en la más absoluta pobreza) parecía dominado de forma completa por judíos. “Era innegable”, nos cuenta, “el hecho de que las nueve décimas partes de la literatura sórdida, de la trivialidad en el arte y el disparate en el teatro gravitaban en el debe de una raza que apenas si constituía una centésima parte de la población total del país”.
O sea, que la carrera antisemita de Hitler tiene su origen remoto en la frustración y la amargura de un fracasado aspirante a artista profesional que se siente marginado de la “movida” artística abrumadoramente dominada por judíos. Qué lástima que no le hubiese echado una mano algún mecenas generoso a este Hitler juvenil, quien, después de todo era un ilustrador razonablemente competente. Hubiéramos tal vez tenido un feliz pintor de cuadritos de comedor más (como el que reproduzco). Y veinte millones de cadáveres menos.