La misteriosa enemistad entre la religión y el cuerpo. Gérmenes y madres.
¿Por qué el cristianismo, a lo largo de la Historia, se ha convertido en el gran enemigo de “la carne”? ¿Por qué la religión en Europa acaba estigmatizando el “cuerpo”? ¿De dónde viene esa tremenda enemistada hacia lo físico, y especialmente hacia lo sexual?
Para mí es un tema muy misterioso. Solo puedo decir que una buena parte de la culpa la tuvo sin duda San Pablo. Este era un hombre extremadamente complejo que muy posiblemente, dicen los historiadores, tenía no pocos problemas interiores de esos que requerirían muchas horas de psicoterapia. Estaba convencido San Pablo de que el fin del mundo era inminente; cuestión de unos pocos meses o años como mucho. Y por lo tanto creía que era mejor que la gente no pensase en procrear y sugería veladamente que las familias se rompiesen cuanto antes; total, para lo que quedaba…En la primera epístola a los Corintios, 7, 29 señalaba: “os digo pues hermanos que el tiempo es corto. Solo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran”. Y en Romanos 8,13, el mismo San Pablo era aún más explícito: “si vivís según la carne, moriréis”. Solo el “espíritu da vida”, decía este hombre peculiar, “la carne no vale nada”.
Esto es un vuelco copernicano respecto a lo que debía ser el cristianismo primitivo. Para empezar, la tradición hebraica no era ni mucho menos “anticarne”. El pecado original del Génesis es un pecado…¡del espíritu!. Se aleja el hombre del edén solo por abusar del espíritu, y no precisamente por esa carne que según Pablo no vale nada.
Y en cuanto al Evangelio, ¿puede a priori haber alguna religión mejor predispuesta hacia lo corporal que aquella en la que el propio Hijo de Dios se hace hombre y cuerpo? En San Juan 1,14 leemos claramente toda una declaración de principios “Y el Verbo se hizo Carne”.
Así que San Pablo fue un colosal manipulador. Invirtió totalmente lo que normalmente debió convertirse en el ideario de los cristianos.
Pero el misterio permanece. Porque lo que es sumamente difícil es explicar es la razón por la que las ideas absurdas, inviables, antinaturales y anticristianas de San Pablo se abrieron camino en el cristianismo primitivo y luego se consolidaron, corregidas y aumentadas con el arsenal filosófico neoplatónico, por ese otro neurótico genial que fue San Agustín.
Para mí, la clave de esta permanencia hay que buscarla en la biología y en los intereses de las primeras mujeres cristianas.
Por un lado, el odio a la carne predicado por San Pablo parece tener lógica en un tiempo de horribles pestilencias, espantosas enfermedades contagiosas, total falta de salubridad e higiene en la vida cotidiana. Tenía todo el sentido considerar que del cuerpo llegaba al hombre todo lo malo imaginable.
Combatir la promiscuidad era en aquellos tiempos, una cuestión de supervivencia colectiva. La religión cristiana, que socialmente ya había aprendido a ejercer muy bien su eterno papel de consolidar la autoridad de los poderosos (“por la gracia divina”) adquiere también funciones estrictamente sanitarias, moderando la intensidad de las relaciones sociales, haciendo despertar saludables sospechas hacia todo contacto físico ajeno al ámbito estrictamente familiar, instaurando el odio o la aprensión hacia la sangre y otros fluidos corporales. Y este ajuste es el que hace posible que el castrante pensamiento de Pablo se abra camino entre la cristiandad. Y se consolide plenamente.
Por otro lado, hay que contar también con el importantísimo papel de las madres y las esposas en el cristianismo primitivo. En la expansión inicial de la religión romana, no se puede olvidar que a las madres de familia, les interesaba muchísimo que se identificase salvación con castidad y templanza. Que se igualase el camino de salvación al control exahustivo de los excesos corporales de sus maridos. Soñaban con que se levantasen iglesias allí donde se alzaban los incontables burdeles, tugurios y tabernas en donde sus maridos gastaban el tiempo y el dinero. Y les encantaba a ellas una religión que no solo mantenía a sus maridos en sus hogares, sino que también hacía imposible el repudio y garantizaba la herencia de sus hijos.
Se entiende entonces perfectamente que casi todas las conversiones decisivas de la Historia hayan sido obra, en la sombra, de habilidosas mujeres pro-cristianas. A Constantino le convence su madre para hacerse cristiano. Y de un plumazo, la cruz se convierte en el escudo oficial del Imperio. A San Agustín es también su madre, la inefable Mónica, quien le lleva por el camino del bien y le aleja de su vida habitual un tanto “golfa” para convertirle en un “hombre nuevo”, plenamente consciente de que “la ley del pecado está en los miembros” y de que es preciso eludir toda tentación de “luxuria”, “gula” o “gastrimargia”.
San Pablo, San Agustín, los gérmenes y los intereses de las primitivas madres y esposas cristianas, son, a mi juicio los tres vectores que explican el misterio de la secular enemistad del pensamiento religioso occidental y el ámbito de lo corporal. Suena raro, pero creo que solo así se puede explicar el terrible enigma.
Quien se conforma con explicar este misterio aludiendo simplemente a una pretendida tradición judeocristiana, simplifica y se equivoca. No hay nada en la Biblia ni en los Evangelios contra el cuerpo. Más bien al contrario. Que se los lea.