Poder, sabiduría y estrés.
¿Podría darse el caso de que un gobernante fuera al mismo tiempo un gran sabio? Uno mira la Historia (y la actualidad) y acaba pensando que por alguna misteriosa ley cósmica eso es algo totalmente imposible.
Pues no. Se han dado casos. El mejor ejemplo (y seguramente el primero) fue el Emperador Marco Aurelio. Era tan despierto que a los 17 años estuvo a punto de ser nombrado heredero del Imperio por parte del Emperador Adriano. Pero finalmente se impuso la candidatura de Antonino Pio. Sin embargo, cuando éste murió, 23 años más tarde, se volvió a pensar en la mejor cabeza de Roma: Marco Aurelio, ya cuarentón.
Pero el Destino es un bromista increible. Consintió que Marco Aurelio, un sabio extraordinario, ocupase la cumbre del poder del mundo. Pero seguidamente ese mismo Destino le condenó al sabio a una vida infame de guerras y guerras. En el mismo año en que subió al trono, Marco Aurelio tuvo que largarse a hacerle la guerra a los temibles persas (o partos). Tuvo que viajar nada menos que hasta el Eufrates. Luego, sin solución de continuidad, tuvo que apresurarse hasta el Danubio para hacerle la guerra a los germanos, que eran unos brutos.
El rey sabio, el emperador filósofo, se vió obligado pues a llevar la vida de un legionario. Pasó la mayor parte de su vida combatiendo. Y murió en campaña, en el 180 a.c, en Viena, tal como se encargó de explicarnos el guionista de Gladiator.
Pese a todo, este hombre escribió 12 libros. Aun estando obligado a vivir en un continuo estrés, filosofó sobre el arte del relax absoluto, que en su opinión era el resultado de articular cuatro técnicas diferentes: la “ataraxia” o imperturbabilidad, la “adiaforía” o indiferencia, la “apatía” o insensibilidad, y la “autarquía” o autosuficiencia.
Y yo pienso en Marco Aurelio cuando me dicen que cómo me las arreglo para escribir algo cada día, en esta vida de locos. Si Marco Aurelio escribió 12 libros estupendos mientras guerreaba contra los partos y los germanos ¿por qué no podría yo escribir un puñado de líneas cada mañana, antes de irme a mis pequeñas, insignificantes guerras particulares?