¿No hay quinto bueno?.
Cuando le preguntaron a la gran Margaret Mead sobre cómo era posible que sus tres matrimonios fracasaran, dado su enorme conocimiento sobre el ser humano, las relaciones de pareja y sus mecanismos profundos, Mead replicó “discúlpeme, pero yo he tenido tres matrimonios y ninguno de ellos ha sido un fracaso”.
Divorciarse y volverse a casar es algo que, bien viesto, parece un tanto enigmático. Un tipo prueba algo, le sale mal y normalmente no vuelve a caer en la tentación de hacer lo mismo. Pero con el matrimonio no parece operar este principio. Cada año se celebran en Europa 1,8 millones de bodas y se producen 0,8 millones de divorcios. Pero muchas de esas bodas son de gente que ya ha pasado previamente por un divorcio. Al respecto, Jardiel Poncela decía que si el matrimonio es una estupidez, divorciarse para volverse a casar es la estupidez elevada al cuadrado. Y un tercer matrimonio elevaría la estulticia a la tercera potencia, desde luego, aunque esto lo dejó Jardiel para que lo dedujeramos por nosotros mismos.
Helen Fisher se puso a estudiar todo esto (no la ley de Jardiel, por supuesto sino el fenómeno de los matrimonios secuenciales). Su hipótesis inicial (típica de ella) era que una duración de unos 7 años para la mayoría de los matrimonios podría ser un mecanismo evolutivo razonable. 7 años es lo que se tarda en criar básicamente a un hijo. Así que tendría sentido esperar que la naturaleza aflojase los lazos biológicos que unen a una pareja. Eso se debería ver de algún modo en las tablas estadísticas de divorcios.
Otra posible hipótesis, pensó Fisher, sería la del año y medio. A los dieciocho meses aproximadamente, el cóctel de hormonas que sirve de base al enamoramiento, está ya casi desactivado. Y el romanticismo de los primeros momentos de la pareja deja pasar o bien a una relación basada más en la afectividad que en la atracción o bien a una crisis irreparable.
Pues ni una cosa ni otra. Lo que descubrió una sorprendida Helen Fisher, tras un esfuerzo ímprobo analizando estadísticas, es que el año negro para los matrimonios en muchísimos países y culturas, es el quinto, no el octavo ni el segundo.
¿Por qué cuatro años? Fisher, como era de esperar, acabó encontrando una razón. Quién si no. En las ancestrales sociedades de cazadores, donde las madres tenían que dar pecho todo el tiempo a sus hijos, sin dejar de hacer un montón de ejercicio, estas tenían un déficit dietético crónico. Un deficit que afectaba a su capacidad ovulatoria. Solo cuando el niño dejaba de tomar pecho, la madre recuperaba el equilibrio nutricional, volvía a ovular de nuevo y tornaba a tener un nuevo vástago.
Así que el hecho de que el quinto año sea malo para la mayoría de los matrimonios, según Helen Fisher, está relacionado con el ritmo de procreación que se estableció hace miles de años en las sociedades cazadoras y recolectoras de nuestros antepasados. De algún modo eso está escrito en nuestro DNA. “Cuidado con el quinto”, por lo tanto, es el consejo que debemos dar a las nuevas parejas; un millón de años de evolución conspiran para hacer del quinto el momento de la crisis final.