Joludi Blog

Aug 24
La Mosca.
Hay más de cien mil especies de moscas. No solo esta la musca domestica. Está la mosca azul, o calliphora erytrocephalia; la mosca verde, o lucilia sericata; la mosca negra o sarcophaga carnaria, que dicen que solo se alimenta de carne…Es la mosca un extraño, persistente compañero del ser humano;  sobre esto se ha reflexionado a menudo. Pascal escribió unas líneas quejándose mucho de su presencia nefasta, pues distraen nuestro alma cuando estamos vivos y nos devoran cuando estamos muertos. De alguna manera, se simboliza en la mosca esa incapacidad que tenemos para concentrar y focalizar el pensamiento. En ese sentido, la mosca es una expresión inconveniente de la fenomenalidad sensorial enemiga del pensamiento a la que Steiner se refería (Sinnlichkeit) como la segunda causa de una profunda, indestructible tristeza en el ser humano (la famosa “unzerstörliche Melancholie”).En el Exodo, se inaugura una extensísima tradición literaria que atribuye a estos distractivos dípteros connotaciones malignas. Allí ya se nos habla de una gran plaga de moscas molestísimas que vino sobre la casa de Faraón, sobre las casas de sus siervos y sobre todo el país de Egipto. Más tarde, en el Evangelio, Mateo eleva de carambola a estos bichejos a un rango muy superior, al confundir al dios de los amorreos, Baal Zebub (Baal el Príncipe) con Baal Zebul (el Señor de las Moscas). Todo un señor gazapo.Con tan mal pedigree, las moscas van ocupando páginas de los escritores a lo largo de los tiempos. Encontramos moscas en los fabulistas, desde Esopo a La Fontaine. Sobrevuela el insecto por las páginas de  Leon Battista Alberti, las de Erasmo de Rotterdam, las de Juan Bodino o las de Montaigne. Y también nos encontramos con su obstinado zumbido en joyas literarias más modernas, como el delicioso cuento “La Mosca” de Katherine Mansfield, otro del mismo título de Pirandello, y por supuesto hay que citar (aunque aparecen más jabalíes que moscas) la inquietante novela “The Lord of the Flies”, de Golding, que ha servido de base para ese colosal plagio que es la serie televisiva Lost, a la que están enganchadas últimamente mis hijas, para mi gran desolación.Pero a mí lo que me fascina no es la presencia de la mosca en la literatura, que tampoco es para tanto.  Ni en la música, que se reduce que yo sepa al Vuelo del Moscardón, de Rimsky Korsakov, al Diario de una Mosca de Bela Bartok, o a las moscas odiosas que fastidian la siesta del campesino en el verano de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.   A mí lo que me asombra es la presencia de la mosca en la pintura. Eso sí que es una cosa llamativa. La obsesión de los grandes maestros de la pintura, desde Giotto a Georges de La Tour o Murillo, por representar moscas en sus cuadros me parece un tema fascinante, mágico, inexplicable. Es una historia, la de la “musca depicta” o mosca pintada que merece la pena ser contada, aunque sea muy brevemente.Las primeras “muscae depictae” parece que fueron obra de Giotto, como una broma maquinada por el genio glorentino para burlar a su maestro Cimabue (nos cuenta esto, como siempre, Vasari, y antes de él, Filarete). Yo no creo que fuese una simple broma. Yo creo más bien que esas moscas pintadas fueron la coartada para marcar el punto de partida de toda la pintura renacentista. Si el pintor se sentía con fuerzas para pintar lo más profano, e incluso maligno, esto es, una mosca, junto a los temas sagrados, entonces la suerte ya estaba echada para esa concepcion primitiva de la pintura como doncella de lo sacro. Con la excusa de la broma y el “trompe l’oeil”, los artistas estaban abriendo la puerta a la modernidad y al Humanismo.A partir de las moscas de Giotto, que no conocemos, son incontables las moscas que sí alcanzamos a ver, aunque con dificultades, cuidadosamente camufladas en muchísimas obras maestras de la pintura de los siglos subsiguientes.  La mosca aparece por todas partes. La vemos posada en el marco falso del fabuloso Retrato de un Cartujo de Petrus Christus. En la cofia blanca del Autorretrato Con Su Esposa del Maestro de Francoforte. En el fragmento de manto que cae sobre el hombro izquierdo del San Jerónimo, de Francesco Benaglio. En la repisa de la Madonna con Niño, de Carlo Crivelli.  En la espalda de un angelote que decora el arco de la Madonna con Niño de Giorgio Schiavone. En un pasquín colgado en una superficie de la Anunciación de Cima di Comegliano. En una tarjetita sobre la mesa donde trabaja Luca Paccioli en el famosísimo cuadro de Jacopo de Barbari. En la calavera de “Los Cuatro Doctores de la Iglesia Contemplando a Jesucristo”, de Lorenzo di Pietro. En el pecho del Nazareno del “Cristo en el Sepulcro” de Giovanni Santi. En un rincón del mantelito donde reposa una hogaza de pan negro en El Pago, de Lucas Cranach el Viejo. En el borde de un paño que sujeta en su mano derecha Agostino. en el fantástico retrato de los hermanos della Torre de Lorenzo Lotto. En la rodilla izquierda del Cardenal Bandinello Sauli, de Sebastiano del Pombo. En un escalón del altillo en el que vemos a la Sana Ana con Niño de Jacopo di Bassano. En un cráneo de la Vanitas de Barthel Bruyn y en la cofia del Retrato de Mujer del mismo autor. En una grieta del techo del estudio donde pinta el Artista en su Estudio, de Gerrit Dou. En un grano de uva de una naturaleza muerta de Louise Moillon. En el dintel de la ventana de una Naturaleza Muerta con Flores de Ambrosius Boschaert. En un pomelo del Trofeo de Fruta de Jois van Jan. En un membrillo de la Naturaleza Muerta con cesto de fruta de Baltasar van der Ast. En la calavera de Et In Arcadia Ego del Guercino. En un jarrón del Bodegón de Juan Van der Hamen (que podemos ver en el Prado). En el melón de los Muchachos Comiendo Melón y Uva de Murillo. En la calavera del San Jerónimo, de Joos Van Cleve. O en la tapa de un cesto en La Ultima Cena del Cristo, del artista anónimo denominado Hausbuchmeister. ¡Hay moscas por todas partes!No sigo enumerando más porque sería repetir el ímprobo esfuerzo que ya hizo en su día Andor Pigler, el autor del catálogo más extenso sobre la presencia de la mosca en la pintura.Pero es un tema apasionante. A mí a veces se me antoja que todas esas mismas moscas son en realidad un misma y única mosca. Un insecto que ha ido visitando a los maestros a lo largo del tiempo y el espacio. Tal vez para para sugerirles no tomarse demasiado en serio su trabajo. Tal vez para imbuirles el amor por el detalle y el valor para representar la vida tal como es. Tal vez para avisarles de la vanidad de las cosas terrenas, tan sujetas a podredumbre. O quizá para cubrirles con un velo que les haga ver el mundo más hermoso, como en el cuento de la Reina Mab, en el que un insecto precioso y benevolente visita a tres artistas quejumbrosos, que languidecen en su paupérrimo apartamento de París. El insecto cubre sus ojos con un velo que en lo sucesivo les hace ver el mundo de manera harto mas tolerable y les permite seguir creando pese a todas las dificultades.

La Mosca.

Hay más de cien mil especies de moscas. No solo esta la musca domestica. Está la mosca azul, o calliphora erytrocephalia; la mosca verde, o lucilia sericata; la mosca negra o sarcophaga carnaria, que dicen que solo se alimenta de carne…
Es la mosca un extraño, persistente compañero del ser humano; sobre esto se ha reflexionado a menudo. Pascal escribió unas líneas quejándose mucho de su presencia nefasta, pues distraen nuestro alma cuando estamos vivos y nos devoran cuando estamos muertos. De alguna manera, se simboliza en la mosca esa incapacidad que tenemos para concentrar y focalizar el pensamiento. En ese sentido, la mosca es una expresión inconveniente de la fenomenalidad sensorial enemiga del pensamiento a la que Steiner se refería (Sinnlichkeit) como la segunda causa de una profunda, indestructible tristeza en el ser humano (la famosa “unzerstörliche Melancholie”).
En el Exodo, se inaugura una extensísima tradición literaria que atribuye a estos distractivos dípteros connotaciones malignas. Allí ya se nos habla de una gran plaga de moscas molestísimas que vino sobre la casa de Faraón, sobre las casas de sus siervos y sobre todo el país de Egipto.
Más tarde, en el Evangelio, Mateo eleva de carambola a estos bichejos a un rango muy superior, al confundir al dios de los amorreos, Baal Zebub (Baal el Príncipe) con Baal Zebul (el Señor de las Moscas). Todo un señor gazapo.
Con tan mal pedigree, las moscas van ocupando páginas de los escritores a lo largo de los tiempos. Encontramos moscas en los fabulistas, desde Esopo a La Fontaine. Sobrevuela el insecto por las páginas de Leon Battista Alberti, las de Erasmo de Rotterdam, las de Juan Bodino o las de Montaigne. Y también nos encontramos con su obstinado zumbido en joyas literarias más modernas, como el delicioso cuento “La Mosca” de Katherine Mansfield, otro del mismo título de Pirandello, y por supuesto hay que citar (aunque aparecen más jabalíes que moscas) la inquietante novela “The Lord of the Flies”, de Golding, que ha servido de base para ese colosal plagio que es la serie televisiva Lost, a la que están enganchadas últimamente mis hijas, para mi gran desolación.
Pero a mí lo que me fascina no es la presencia de la mosca en la literatura, que tampoco es para tanto. Ni en la música, que se reduce que yo sepa al Vuelo del Moscardón, de Rimsky Korsakov, al Diario de una Mosca de Bela Bartok, o a las moscas odiosas que fastidian la siesta del campesino en el verano de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.
A mí lo que me asombra es la presencia de la mosca en la pintura. Eso sí que es una cosa llamativa. La obsesión de los grandes maestros de la pintura, desde Giotto a Georges de La Tour o Murillo, por representar moscas en sus cuadros me parece un tema fascinante, mágico, inexplicable. Es una historia, la de la “musca depicta” o mosca pintada que merece la pena ser contada, aunque sea muy brevemente.
Las primeras “muscae depictae” parece que fueron obra de Giotto, como una broma maquinada por el genio glorentino para burlar a su maestro Cimabue (nos cuenta esto, como siempre, Vasari, y antes de él, Filarete).
Yo no creo que fuese una simple broma. Yo creo más bien que esas moscas pintadas fueron la coartada para marcar el punto de partida de toda la pintura renacentista. Si el pintor se sentía con fuerzas para pintar lo más profano, e incluso maligno, esto es, una mosca, junto a los temas sagrados, entonces la suerte ya estaba echada para esa concepcion primitiva de la pintura como doncella de lo sacro. Con la excusa de la broma y el “trompe l’oeil”, los artistas estaban abriendo la puerta a la modernidad y al Humanismo.
A partir de las moscas de Giotto, que no conocemos, son incontables las moscas que sí alcanzamos a ver, aunque con dificultades, cuidadosamente camufladas en muchísimas obras maestras de la pintura de los siglos subsiguientes. La mosca aparece por todas partes. La vemos posada en el marco falso del fabuloso Retrato de un Cartujo de Petrus Christus. En la cofia blanca del Autorretrato Con Su Esposa del Maestro de Francoforte. En el fragmento de manto que cae sobre el hombro izquierdo del San Jerónimo, de Francesco Benaglio. En la repisa de la Madonna con Niño, de Carlo Crivelli. En la espalda de un angelote que decora el arco de la Madonna con Niño de Giorgio Schiavone. En un pasquín colgado en una superficie de la Anunciación de Cima di Comegliano. En una tarjetita sobre la mesa donde trabaja Luca Paccioli en el famosísimo cuadro de Jacopo de Barbari. En la calavera de “Los Cuatro Doctores de la Iglesia Contemplando a Jesucristo”, de Lorenzo di Pietro. En el pecho del Nazareno del “Cristo en el Sepulcro” de Giovanni Santi. En un rincón del mantelito donde reposa una hogaza de pan negro en El Pago, de Lucas Cranach el Viejo. En el borde de un paño que sujeta en su mano derecha Agostino. en el fantástico retrato de los hermanos della Torre de Lorenzo Lotto. En la rodilla izquierda del Cardenal Bandinello Sauli, de Sebastiano del Pombo. En un escalón del altillo en el que vemos a la Sana Ana con Niño de Jacopo di Bassano. En un cráneo de la Vanitas de Barthel Bruyn y en la cofia del Retrato de Mujer del mismo autor. En una grieta del techo del estudio donde pinta el Artista en su Estudio, de Gerrit Dou. En un grano de uva de una naturaleza muerta de Louise Moillon. En el dintel de la ventana de una Naturaleza Muerta con Flores de Ambrosius Boschaert. En un pomelo del Trofeo de Fruta de Jois van Jan. En un membrillo de la Naturaleza Muerta con cesto de fruta de Baltasar van der Ast. En la calavera de Et In Arcadia Ego del Guercino. En un jarrón del Bodegón de Juan Van der Hamen (que podemos ver en el Prado). En el melón de los Muchachos Comiendo Melón y Uva de Murillo. En la calavera del San Jerónimo, de Joos Van Cleve. O en la tapa de un cesto en La Ultima Cena del Cristo, del artista anónimo denominado Hausbuchmeister. ¡Hay moscas por todas partes!
No sigo enumerando más porque sería repetir el ímprobo esfuerzo que ya hizo en su día Andor Pigler, el autor del catálogo más extenso sobre la presencia de la mosca en la pintura.
Pero es un tema apasionante. A mí a veces se me antoja que todas esas mismas moscas son en realidad un misma y única mosca. Un insecto que ha ido visitando a los maestros a lo largo del tiempo y el espacio. Tal vez para para sugerirles no tomarse demasiado en serio su trabajo. Tal vez para imbuirles el amor por el detalle y el valor para representar la vida tal como es. Tal vez para avisarles de la vanidad de las cosas terrenas, tan sujetas a podredumbre.
O quizá para cubrirles con un velo que les haga ver el mundo más hermoso, como en el cuento de la Reina Mab, en el que un insecto precioso y benevolente visita a tres artistas quejumbrosos, que languidecen en su paupérrimo apartamento de París. El insecto cubre sus ojos con un velo que en lo sucesivo les hace ver el mundo de manera harto mas tolerable y les permite seguir creando pese a todas las dificultades.