Joludi Blog

Jun 7
El misterioso e increible astrólogo Isaac Bickerstaff.
La madre de todas las leyendas urbanas y al mismo tiempo una de las predicciones astrológicas más curiosas, sorprendentes y precisas que jamás se ha realizado, se la debemos a un astrólogo aficionado, bromista vocacional y eximio literato: Jonathan Swift, el autor inglés que escribió Los Viajes de Gulliver, quien se escondía bajo el seudónimo de Isaac Bickerstaff.
A comienzos del siglo XVIII, Swift se ganaba la vida en Londres, escribiendo almanaques y horóscopos, bajo el seudónimo mencionado.
Pero los horóscopos y almanaques del joven Bickerstaff no podían competir con los que publicaba la gran estrella del firmamento de astrólogos ingleses de la época, que no era otro sino el gran John Partridge, cuyo Merlinus Almanac era la guía y fuente de inspiración indispensable para todo londinense que se preciase.
Cansado de esta situación, Swift/Bickerstaff decide conseguir algo de publicidad haciendo una predicción muy específica, bien distinta a las vaguedades que se acostumbraban a publicar por aquellos tiempos en los almanaques. En un panfleto titulado “Predictions for the Year 1708”, Swift escribe que “yo pronostico solemnemente que ese vulgar escritor de almanaques llamado Partridge, cuyas predicciones son siempre vagas, imprecisas y erróneas, morirá exactamente el 29 de Marzo, por lo que le recomiendo que ponga sus asuntos en orden”.
El panfleto de Swift cumplió plenamente su objetivo. La noticia de esa predicción corrió como la pólvora por todo Londres. No se hablaba de otra cosa. Y Bickerstaff de repente saltó a la fama, para gran fastidio de Partridge, quien se limitó a hacer circular una carta en la que declaraba que la predicción de ese astrólogo de poca monta solo tenía por objeto conseguir publicidad gratuita y que el tiempo demostraría que este miserable no era sino un farsante.
La expectación que surgió en torno al asunto fue enorme.
Por increible que parezca, el 30 de Marzo apareció en Londres una carta anónima que hablaba de la muerte de Partridge. El autor relataba que había estado junto al gran astrólogo en su lecho de muerte y que le había confesado que estaba completamente deprimido por la predicción de Bickerstaff y sus fundadas acusaciones de fraude. Y que la preocupación le estaba llevando precisamente a la muerte, la cual efectivamente, sucedió el mismo 29 de Marzo, a las 7:05 p.m, justo como había pronosticado Bickerstaff.
En realidad, Partridge estaba el 29 de Marzo no en sus últimos estertores, sino celebrando con sus amigos el evidente y esperado fracaso del pronóstico de Bickerstaff. Pero lo que no sabía Partridge es que sus problemas no habían hecho sino empezar. Se le iba a helar la sonrisa.
La carta anónima que confirmaba la muerte de de Partridge, escrita de forma muy hábil y convincente, circuló como la pólvora por todo Londres. Las campanas de las iglesias tocaban en honor del astrólogo fallecido. Los enterradores hacían cola en la mansión de Partridge para obtener el encargo de las pompas fúnebres en honor de tan gran personalidad. Centenares de personas se acercaron hasta allí para ser testigos de la salida del féretro. No se hablaba en Londres de otra cosa sino de la muerte de Partridge y el revuelo ocasionado por la noticia de su deceso, que se dio como un hecho incluso a efectos oficiales, pues el nombre de Partridge se retiró del Stationer’s Register, lo que lo convertía en oficialmente muerto.
Naturalmente, Partridge se apresuró a notificar que estaba perfectamente sano. Pero en aquellos tiempos no había periódicos ni televisión, y no era fácil contrarrestar con una simple carta lo que ya era un hecho a nivel de calle. Si había tanta gente a la puerta de la mansión de Partridge eso sólo podía ser porque el gran astrólogo había fallecido. Si las campanas tocaban a muerto por todo Londres, eso era un signo irrefutable del deceso del personaje.
Aquí vemos el significado preciso del término “leyenda urbana”, esto es, la ciudad como verdadero canal de comunicación, que es capaz de hacer circular las noticias y rumores de boca en boca y de calle en calle con la misma eficacia que el más poderoso de los medios masivos. Y con idéntica capacidad que esos medios para convertir en socialmente cierto lo que simplemente es falso en el terreno de los hechos.
Para colmo, Partridge tenía muchos enemigos personales (víctimas de sus innumerables ataques personales publicados en sus Almanaques), y estos se apresuraron a dar por buena y divulgar la noticia de su muerte, tan solo para fastidiarle y vengarse. Decían que en efecto Partridge había muerto, pero que un impostor estaba tratando de usurpar la personalidad del fallecido.
Lo cierto, es que esta leyenda urbana de su propia muerte cambió para siempre la vida de John Partridge. Se pasó los pocos años que le quedaban de vida intentando explicar a todo el mundo que él era el verdadero John Partridge y no un impostor que habría tratado de suplantarle tras su muerte. Su carrera como astrólogo acabó. Incluso para aquellos que sabían que estaba vivo y que era el verdadero Partridge, pasó a ser un caso cómico, un chiste andante. Empobrecido y olvidado Partridge pasó el resto de su vida tratando de averiguar la verdadera identidad del maldito astrólogo que había pronosticado su muerte para el 29 de Marzo de 1708.
Un pronóstico que sin duda fue exacto, pues si bien Partridge no murió biológicamente aquel día, no es menos cierto que esa fue la fecha de su muerte civil, y como tal fue pronosticada con total exactitud por el gran Jonathan Swift, que acertó al urdir una de las bromas más maliciosas y efectivas de la Historia.
No olvidemos que el 30 de Marzo, fecha en la que apareció la carta anónima de Swift informando de la muerte de Partridge, es justamente la víspera del 1 de Abril, que es el equivalente en Inglaterra del Día de los Inocentes…

El misterioso e increible astrólogo Isaac Bickerstaff.

La madre de todas las leyendas urbanas y al mismo tiempo una de las predicciones astrológicas más curiosas, sorprendentes y precisas que jamás se ha realizado, se la debemos a un astrólogo aficionado, bromista vocacional y eximio literato: Jonathan Swift, el autor inglés que escribió Los Viajes de Gulliver, quien se escondía bajo el seudónimo de Isaac Bickerstaff.

A comienzos del siglo XVIII, Swift se ganaba la vida en Londres, escribiendo almanaques y horóscopos, bajo el seudónimo mencionado.

Pero los horóscopos y almanaques del joven Bickerstaff no podían competir con los que publicaba la gran estrella del firmamento de astrólogos ingleses de la época, que no era otro sino el gran John Partridge, cuyo Merlinus Almanac era la guía y fuente de inspiración indispensable para todo londinense que se preciase.

Cansado de esta situación, Swift/Bickerstaff decide conseguir algo de publicidad haciendo una predicción muy específica, bien distinta a las vaguedades que se acostumbraban a publicar por aquellos tiempos en los almanaques. En un panfleto titulado “Predictions for the Year 1708”, Swift escribe que “yo pronostico solemnemente que ese vulgar escritor de almanaques llamado Partridge, cuyas predicciones son siempre vagas, imprecisas y erróneas, morirá exactamente el 29 de Marzo, por lo que le recomiendo que ponga sus asuntos en orden”.

El panfleto de Swift cumplió plenamente su objetivo. La noticia de esa predicción corrió como la pólvora por todo Londres. No se hablaba de otra cosa. Y Bickerstaff de repente saltó a la fama, para gran fastidio de Partridge, quien se limitó a hacer circular una carta en la que declaraba que la predicción de ese astrólogo de poca monta solo tenía por objeto conseguir publicidad gratuita y que el tiempo demostraría que este miserable no era sino un farsante.

La expectación que surgió en torno al asunto fue enorme.

Por increible que parezca, el 30 de Marzo apareció en Londres una carta anónima que hablaba de la muerte de Partridge. El autor relataba que había estado junto al gran astrólogo en su lecho de muerte y que le había confesado que estaba completamente deprimido por la predicción de Bickerstaff y sus fundadas acusaciones de fraude. Y que la preocupación le estaba llevando precisamente a la muerte, la cual efectivamente, sucedió el mismo 29 de Marzo, a las 7:05 p.m, justo como había pronosticado Bickerstaff.

En realidad, Partridge estaba el 29 de Marzo no en sus últimos estertores, sino celebrando con sus amigos el evidente y esperado fracaso del pronóstico de Bickerstaff. Pero lo que no sabía Partridge es que sus problemas no habían hecho sino empezar. Se le iba a helar la sonrisa.

La carta anónima que confirmaba la muerte de de Partridge, escrita de forma muy hábil y convincente, circuló como la pólvora por todo Londres. Las campanas de las iglesias tocaban en honor del astrólogo fallecido. Los enterradores hacían cola en la mansión de Partridge para obtener el encargo de las pompas fúnebres en honor de tan gran personalidad. Centenares de personas se acercaron hasta allí para ser testigos de la salida del féretro. No se hablaba en Londres de otra cosa sino de la muerte de Partridge y el revuelo ocasionado por la noticia de su deceso, que se dio como un hecho incluso a efectos oficiales, pues el nombre de Partridge se retiró del Stationer’s Register, lo que lo convertía en oficialmente muerto.

Naturalmente, Partridge se apresuró a notificar que estaba perfectamente sano. Pero en aquellos tiempos no había periódicos ni televisión, y no era fácil contrarrestar con una simple carta lo que ya era un hecho a nivel de calle. Si había tanta gente a la puerta de la mansión de Partridge eso sólo podía ser porque el gran astrólogo había fallecido. Si las campanas tocaban a muerto por todo Londres, eso era un signo irrefutable del deceso del personaje.

Aquí vemos el significado preciso del término “leyenda urbana”, esto es, la ciudad como verdadero canal de comunicación, que es capaz de hacer circular las noticias y rumores de boca en boca y de calle en calle con la misma eficacia que el más poderoso de los medios masivos. Y con idéntica capacidad que esos medios para convertir en socialmente cierto lo que simplemente es falso en el terreno de los hechos.

Para colmo, Partridge tenía muchos enemigos personales (víctimas de sus innumerables ataques personales publicados en sus Almanaques), y estos se apresuraron a dar por buena y divulgar la noticia de su muerte, tan solo para fastidiarle y vengarse. Decían que en efecto Partridge había muerto, pero que un impostor estaba tratando de usurpar la personalidad del fallecido.

Lo cierto, es que esta leyenda urbana de su propia muerte cambió para siempre la vida de John Partridge. Se pasó los pocos años que le quedaban de vida intentando explicar a todo el mundo que él era el verdadero John Partridge y no un impostor que habría tratado de suplantarle tras su muerte. Su carrera como astrólogo acabó. Incluso para aquellos que sabían que estaba vivo y que era el verdadero Partridge, pasó a ser un caso cómico, un chiste andante. Empobrecido y olvidado Partridge pasó el resto de su vida tratando de averiguar la verdadera identidad del maldito astrólogo que había pronosticado su muerte para el 29 de Marzo de 1708.

Un pronóstico que sin duda fue exacto, pues si bien Partridge no murió biológicamente aquel día, no es menos cierto que esa fue la fecha de su muerte civil, y como tal fue pronosticada con total exactitud por el gran Jonathan Swift, que acertó al urdir una de las bromas más maliciosas y efectivas de la Historia.

No olvidemos que el 30 de Marzo, fecha en la que apareció la carta anónima de Swift informando de la muerte de Partridge, es justamente la víspera del 1 de Abril, que es el equivalente en Inglaterra del Día de los Inocentes…