Amaterasu.
Escribí ayer sobre el nuevo modelo de Nikon, que demuestra la importancia que da la marca japonesa a la vanidad humana (es la primera máquina diseñada para hacer autorretratos, algo vital en estos tiempos de facebook y otras redes socales).
Me quedé pensando. Y caí en la cuenta de que, en realidad, para los nipones, la vanidad es la madre del mundo. La cosmogonía japonesa nos habla de Amaterasu, la diosa solar que, dolida por las ofensas de su hermano, se esconde en una caverna, dejando a la Tierra en el frío y la oscuridad. Nadie ni nada la convencen de salir. Hasta que a alguien se le ocurre mostrarla un espejo. Ella se mira en él, comprueba su esplendor y decide que es una pena no lucirlo. Entonces el sol vuelve a salir. El ciclo se repite cada mañana, como era de esperar.
Y no solo en la cosmogonía japonesa. ¿Acaso no nos dicen los teólogos cristianos que Dios mismo creó el mundo para dar manifestación de su gloria…? Todo es vanidad, panta mataiotes…