Joludi Blog

Jul 3
Nos hace falta un Loyd.
Los buenos problemas de ajedrez tienen la inusual particularidad de ser una fuente de doble placer: el intelectual y el estético. En ese sentido no son superados casi por ninguna otra cosa. No es de extrañar que hayan apasionado hasta la extravagancia a sensibilidades  exquisitas,  como la de Vladimir Nabokov, por citar un solo ejemplo, que incluso se atrevió además a cruzar al otro lado, pasando de ser espectador gozoso a esforzado artífice de interesantes composiciones, lo que según él aún era una actividad aún más sublime.
Entre los miles de problemas fascinantes que se han concebido a lo largo de la Historia, yo escogería uno muy singular. Es un problema creado por el gran Sam Loyd justo un siglo antes de que yo naciera, cuando él todavía era apenas un adolescente en Nueva York e iniciaba su fascinante carrera como creador de desafíos mentales de todo tipo.
Este problema del Loyd juvenil tiene además la particularidad de que puede ser, en cierto modo, comprendido y apreciado incluso por quien no conozca el movimiento de los trebejos. 
Las blancas, en principio, deberían dar mate en dos. Y no es difícil comprender que ese mate se habrá de producir en la fila 8, pues el rey negro está arrinconado sin remedio, con sus vías de escape bloqueadas ya sea por el rey rival o por su propio peón. 
Naturalmente, para llegar en dos jugadas a la fila  8, la dama blanca simplemente tiene que descender a lo largo de la columna en la que se encuentra, hasta la casilla a1, que la sitúa en posición de llegar a h8, con mate inevitable. 
Esa sería entonces la solución del problema: Da1. 
Pero entonces caemos en la cuenta de que el bando negro puede realizar el enroque largo. Y con ello conjuraría cualquier posibilidad de mate inmediato. 
Se hace entonces evidente que el problema no tiene solución. 
Pero es en ese momento cuando podemos hacer algo así como un análisis “causal” y llegar a la conclusión de que el bando negro ha tenido que mover la torre o el rey antes de arribar a la posición del diagrama. Con toda certeza. Y eso convertiría en ilegal el enroque. 
Por lo tanto, sí, la solución es Da1. Y lo es precisamente porque la lógica indica que el enemigo ha perdido el derecho de enrocarse.
Muy sencillo, pero muy sugestivo. La solución ha llegado no por el análisis, sino por el meta-análisis. No por el expediente de especular con la situación dada, sino por cavilar la naturaleza, la génesis de esa situación dada. No por elucubrar sobre cómo sería el futuro, sino por pensar, además, sobre cómo se ha podido llegar al presente. Algo que en principio no parecía pedir el problema en sí mismo. Y en ese sentido creo que es una lección intelectual excepcional. Porque ante los grandes puzzles del ser humano, ya se trate de los enigmas de la ciencia o la sociedad, a veces lo importante es saber pensar hacia atrás, causalmente. Intentar comprender ante todo cómo se ha llegado a una situación problemática dada. Y solo con ese pensar retrógrado, casi filosófico, en ocasiones, se alcanza a entrever las soluciones,  sobre todo cuando estas son verdaderamente difíciles. Nos hace falta un Loyd. 

Nos hace falta un Loyd.

Los buenos problemas de ajedrez tienen la inusual particularidad de ser una fuente de doble placer: el intelectual y el estético. En ese sentido no son superados casi por ninguna otra cosa. No es de extrañar que hayan apasionado hasta la extravagancia a sensibilidades  exquisitas,  como la de Vladimir Nabokov, por citar un solo ejemplo, que incluso se atrevió además a cruzar al otro lado, pasando de ser espectador gozoso a esforzado artífice de interesantes composiciones, lo que según él aún era una actividad aún más sublime.

Entre los miles de problemas fascinantes que se han concebido a lo largo de la Historia, yo escogería uno muy singular. Es un problema creado por el gran Sam Loyd justo un siglo antes de que yo naciera, cuando él todavía era apenas un adolescente en Nueva York e iniciaba su fascinante carrera como creador de desafíos mentales de todo tipo.

Este problema del Loyd juvenil tiene además la particularidad de que puede ser, en cierto modo, comprendido y apreciado incluso por quien no conozca el movimiento de los trebejos. 

Las blancas, en principio, deberían dar mate en dos. Y no es difícil comprender que ese mate se habrá de producir en la fila 8, pues el rey negro está arrinconado sin remedio, con sus vías de escape bloqueadas ya sea por el rey rival o por su propio peón. 

Naturalmente, para llegar en dos jugadas a la fila  8, la dama blanca simplemente tiene que descender a lo largo de la columna en la que se encuentra, hasta la casilla a1, que la sitúa en posición de llegar a h8, con mate inevitable. 

Esa sería entonces la solución del problema: Da1. 

Pero entonces caemos en la cuenta de que el bando negro puede realizar el enroque largo. Y con ello conjuraría cualquier posibilidad de mate inmediato. 

Se hace entonces evidente que el problema no tiene solución. 

Pero es en ese momento cuando podemos hacer algo así como un análisis “causal” y llegar a la conclusión de que el bando negro ha tenido que mover la torre o el rey antes de arribar a la posición del diagrama. Con toda certeza. Y eso convertiría en ilegal el enroque. 

Por lo tanto, sí, la solución es Da1. Y lo es precisamente porque la lógica indica que el enemigo ha perdido el derecho de enrocarse.

Muy sencillo, pero muy sugestivo. La solución ha llegado no por el análisis, sino por el meta-análisis. No por el expediente de especular con la situación dada, sino por cavilar la naturaleza, la génesis de esa situación dada. No por elucubrar sobre cómo sería el futuro, sino por pensar, además, sobre cómo se ha podido llegar al presente. Algo que en principio no parecía pedir el problema en sí mismo. Y en ese sentido creo que es una lección intelectual excepcional. Porque ante los grandes puzzles del ser humano, ya se trate de los enigmas de la ciencia o la sociedad, a veces lo importante es saber pensar hacia atrás, causalmente. Intentar comprender ante todo cómo se ha llegado a una situación problemática dada. Y solo con ese pensar retrógrado, casi filosófico, en ocasiones, se alcanza a entrever las soluciones,  sobre todo cuando estas son verdaderamente difíciles. Nos hace falta un Loyd. 


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