Cesar y la sisa.
En 1890, un tipo llamado César trabajaba en el elegante Hotel Savoy de Londres. Le habían dado responsabilidad de supervisar las compras diarias del comedor del establecimiento. Pícaro él, con la complicidad de los proveedores y del chef del hotel, un francés llamado Augusto, César había creado un eficiente sistema para sisar algo así como el 5% de todo lo que se compraba. Absolutamente de todo. Eso le permitió ir amasando una sustancial cantidad de dinero. Tacita a tacita…
Desgraciadamente para César y Augusto (o afortunadamente, como luego se verá), les descubrieron el pastel. Y la dirección del Savoy los puso a los dos de patitas en la calle. Sin más.
Despedidos y con la amenaza de una investigación policial, los dos espabilados se tuvieron que buscar la vida. Ahora bien, como habían acumulado una cierta fortuna gracias a la sisa sistemática, pudieron invertir sus fondos en el atribulado Hotel Carlton, rival del Savoy, que necesitaba desesperadamente tanto una inyección de capital como la ayuda de dos negociantes expertos.
Con la ayuda de César y Augusto, el Carlton salió adelante. Incluso cambió su nombre añadiendo el apellido de César. Pasó a llamarse Carlton-Ritz. Y por su parte, Augusto, el chef despedido del Savoy, logró convertirse en el “emperador” mundial de la gastronomía. Incluso el Kaiser Guillermo II le trató como tal cuando visitó en Londres el Carlton. “Yo soy el emperador de los alemanes y usted, Monsieur Auguste, es el emperador de los chefs”.
En fin, cuando pases por delante de cualquiera de los Hoteles Ritz del mundo, con su enjambre de limusines en la puerta, no dejes de recordar que ese inmenso negocio hotelero, nació a partir de fraude sistemático y del abuso de confianza por parte de un par de espabilados sin ningún escrúpulo y con desmedida ambición (además de otras variadas prendas, claro está..)
Lo mismo que sin duda podría decirse de una buena parte de los negocios de esos húespedes asiduos a los Ritz. No nos engañemos.