Joludi Blog

Nov 7
Verdades, fractales y borrascas.
La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos. Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas. Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto. Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida. Puro pensamiento que los esoteristas relacionarían con Hermes Trimegisto y la Tabla Esmeralda. Quod superius macroprosopus sicut microprosopus, que diría Eliphas Levi, el Dan Brown del siglo XIX. No le tomaron en serio a Richardson. Tal vez precisamente por el eco esotérico. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala allá arriba, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales de aquí abajo, y que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad. Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.  Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples. ¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.

Verdades, fractales y borrascas.

La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos.
Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas.
Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto.
Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida. Puro pensamiento que los esoteristas relacionarían con Hermes Trimegisto y la Tabla Esmeralda. Quod superius macroprosopus sicut microprosopus, que diría Eliphas Levi, el Dan Brown del siglo XIX.
No le tomaron en serio a Richardson. Tal vez precisamente por el eco esotérico. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala allá arriba, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales de aquí abajo, y que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad.
Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.
Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples.
¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.


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