El Reino de Parolio.
“Erase una vez un rey llamado Parolio. Era un rey astuto y pequeño que tenía un poder muy especial. Era el poder de hacer creer a todo el mundo que sus palabras eran verdad. Parolio era, sí, pequeño y astuto. Cuando era fuerte, reía y contaba chistes, y todos festejaban con él celebrando sus bromas. Cuando era débil, lloraba, y todos se compadecían de él y le ayudaban. Oh, qué hermoso y bueno es el Reino de Parolio, solía decir la gente después de escucharle.
Un día, el rey Parolio conoció a una hermosa joven. Era una muchacha muy ingenua y muy sencilla, como todo lo que es bello. La joven se quedó prendada de las palabras de Parolio. Eran palabras que hablaban de mundos fantásticos y sueños deleitosos. Quedó inmediatamente seducida por esas imágenes que salían de la boca del rey astuto y pequeño.
Las palabras de Parolio eran tan poderosas que la joven se fue olvidando por momentos de cómo era el mundo real. Y así ocurrió que llegó un día en que la joven, de tanto escuchar embelesada a Parolio, dejó de ver los colores y las formas del mundo. ¿Pero qué importancia podía tener eso si el rey Parolio tenía las palabras adecuadas que resultaban ser, según decía él, mucho mejor que las cosas mismas?
Pero, algún tiempo más tarde, resultó que la joven conoció a un soldado. A la primera mirada que intercambiaron, surgió entre ambos una bella amistad. Y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Al soldado le sorprendía que la joven no supiese nada de los colores del mundo. Así que le explicaba a la joven cómo eran las hojas color vino de algunos árboles en el otoño, cómo era el brillo naranja del sol cuando se pone tras las montañas y muchas más cosas así…
Parolio estaba muy irritado. No comprendía lo que que la joven veía en el soldado y en sus historias sobre el mundo y sus colores. “¿Los colores de las hojas? Yo te los puedo dar todos”, decía irritado. “¿La luz de los atardeceres? ¡Yo me encargo de ello!”, insistía con mucho enfado. “Pero ¿cuándo, Parolio, cuando? decía la joven. “¡Mañana!”, decía siempre el rey astuto y pequeño.
Ocurrió entonces que el Reino de Parolio sufrió una gran calamidad. Un ejército bien armado de gentes de la montaña atravesó las fronteras del reino. Parolio intentó usar el poder de sus palabras para evitar la guerra, pero las gentes de la montaña hablan y entienden un idioma extraño y con ellos nada pudieron las palabras del rey astuto y pequeño. Tuvo lugar una batalla en la que salieron perdiendo las tropas del rey Parolio, quien huyó rápidamente en un barco hacia un lejano país.
Nuestro soldado, aunque malherido, sobrevivió. Y un buen día retornó del campo de batalla para reunirse con la joven. Decidieron irse juntos caminando por algún camino.
Era un camino cualquiera que llevaba a cualquier parte. Un camino que discurría entre hileras de hermosos árboles de hojas color del vino, iluminados por la luz mágica del atardecer, tal como la joven percibió, feliz, tan pronto dio los primeros pasos.”