Joludi Blog

May 15
La hija del pastor.
Como es bien sabido, Angela Merkel nació en el momento más oscuro de la triste historia de la RDA (1954) y era su padre un rígido pastor luterano. Naturalmente, ninguna de las dos cosas es criticable en sí misma. Uno no las elige. Pero en la despiadada y sistemática destrucción de la idea de Europa que parece estar promoviendo Angela Merkel, hay algo que evoca las tinieblas crueles de la Stasi y la rígida intolerancia de un genuino ministro teutón de la fé luterana. Uno está tentado de pensar que hacía falta una hija de pastor como Merkel para conseguir, en palabras de Helmut Schmidt, dilapidar el capital de confianza que durante medio siglo sus predecesores habían conseguido acumular en sus vecinos. Son ya incontables las voces cualificadas que se levantan contra la obstinada política de la hija del pastor, que lleva a la miseria no solo a los pueblos de Europa, sino a su propio país, a juzgar por lo que piensan los que la han negado el voto en las recientes elecciones. Desde Habermas a Stieglitz o Krugman o Chomsky, son legión los que señalan que es preciso detener la carrera hacia la locura de la hija del pastor. Son legión los que claman que es el momento de instaurar un gobierno económico genuinamente europeo que deshaga los errores de una unión monetaria mal cimentada y concebida, y que evite que nos precipitemos todos hacia el abismo comandados por la hija del pastor.
Alemania no puede de nuevo estar enfrente de Europa solo por la obstinación de la hija del pastor. Alemania solo puede existir, como el propio Schimdt ha escrito “in und mit Europa”, dentro de y con Europa. Pero se diría que la Merkel, la hija del pastor venida al mundo en los tiempos negros de la RDA, es, junto con sus acólitos asustados y lacayunos, el obstáculo fatal de estos momentos.
Pero, ay, la Historia demuestra que las grandes equivocaciones de las naciones son siempre colectivas y responden a causas muy amplias y profundas. Nunca se pueden atribuir a una sola persona. Aunque se trate de un pintor de acuarelas frustrado, de un registrador de la propiedad de truismos ovinos, o de la hija de un pastor luterano.

La hija del pastor.

Como es bien sabido, Angela Merkel nació en el momento más oscuro de la triste historia de la RDA (1954) y era su padre un rígido pastor luterano. Naturalmente, ninguna de las dos cosas es criticable en sí misma. Uno no las elige. Pero en la despiadada y sistemática destrucción de la idea de Europa que parece estar promoviendo Angela Merkel, hay algo que evoca las tinieblas crueles de la Stasi y la rígida intolerancia de un genuino ministro teutón de la fé luterana. Uno está tentado de pensar que hacía falta una hija de pastor como Merkel para conseguir, en palabras de Helmut Schmidt, dilapidar el capital de confianza que durante medio siglo sus predecesores habían conseguido acumular en sus vecinos. Son ya incontables las voces cualificadas que se levantan contra la obstinada política de la hija del pastor, que lleva a la miseria no solo a los pueblos de Europa, sino a su propio país, a juzgar por lo que piensan los que la han negado el voto en las recientes elecciones. Desde Habermas a Stieglitz o Krugman o Chomsky, son legión los que señalan que es preciso detener la carrera hacia la locura de la hija del pastor. Son legión los que claman que es el momento de instaurar un gobierno económico genuinamente europeo que deshaga los errores de una unión monetaria mal cimentada y concebida, y que evite que nos precipitemos todos hacia el abismo comandados por la hija del pastor.

Alemania no puede de nuevo estar enfrente de Europa solo por la obstinación de la hija del pastor. Alemania solo puede existir, como el propio Schimdt ha escrito “in und mit Europa”, dentro de y con Europa. Pero se diría que la Merkel, la hija del pastor venida al mundo en los tiempos negros de la RDA, es, junto con sus acólitos asustados y lacayunos, el obstáculo fatal de estos momentos.

Pero, ay, la Historia demuestra que las grandes equivocaciones de las naciones son siempre colectivas y responden a causas muy amplias y profundas. Nunca se pueden atribuir a una sola persona. Aunque se trate de un pintor de acuarelas frustrado, de un registrador de la propiedad de truismos ovinos, o de la hija de un pastor luterano.