Barba.
Odio afeitarme la cara a diario. Es una fastidiosa pérdida de tiempo cotidiana que tiene además la fastidiosa virtud de recordarme matinalmente la futilidad de la mayoría de los empeños humanos. Creo que Byron decía que el hombre tiene el castigo del afeitado diario de la misma manera que la mujer tiene el castigo de los meses de parto. La verdad es que mí no me sale tanto tiempo dedicado a cortarse la barba como el que dedica la mujer a un parto. Dedicamos los varones algo así como un 1% de nuestra vida a la tonta tarea de rasurarnos. No llega a 9 meses. Quizá Byron pasaba media hora atusándose.
Precisamente deberían inventar algo para afeitarse de un golpe, zas, zas y ya está. Y a la basura con las cremitas y las cuchillitas y esos diez minutos estúpidos de cada día. Esto aliviaría el problema.
En realidad ya está inventado. Los legionarios romanos no podían permitirse llevar en sus mochilas navajas para el rasurado. Ni tenían tiempo para esas memeces. Solo llevaban una piedra pómez…Dos pasadas viriles y hala, a matar galos. No es de extrañar que en los dibujos de Uderzo los legionarios saliesen siempre con una sombra oscurísima en la cara, compatible plenamente con este tipo de afeitado “à la pierre”.
Claro que no todos los romanos eran tan poco delicados con su piel. Se cuenta que Julio César, por ejemplo, se quitaba los pelitos de su barba, uno a uno, con pinzas, a fin de no erosionar su epidermis. Aceptaba el dolor por pura coquetería. Fue el primero en darse cuenta de que la política es una pura cuestión de imagen…