Joludi Blog

Nov 2
Enfermedades de la CabezaEl gran persa Avicena fue considerado como el mejor médico durante los oscuros siglos de la Edad Media. Su opera magna, el Canon, fue el libro básico de texto para cuantos médicos  se formaron en las primeras Universidades europeas.  En esa gran obra, en la sección de Enfermedades de la Cabeza, Avicena describe una extraña enfermedad, cuyo cuadro clínico detalla con precisión: “los signos son hundimiento y sequedad de los ojos, sin humedad excepto al llorar, contínuos parpadeos, sonrisa como si estuviera viendo u oyendo algo agradable; respiración alterada; ya está gozoso y sonriente ya abatido y llorando…el pulso se parece al de los estados de locura o falta de apetito o miedo…”En relación con esta misma extraña enfermedad se cuenta también una bonita historia protagonizada por el propio Avicena, en la corte de Bagdad. Ante el califa, descubre el gran médico que un príncipe está enamorado, cuando, al tomarle el pulso, Avicena percibe que se acelera en el momento en el que el joven escucha casualmente el nombre de la ciudad donde vive su amada. Pero esa  historia debe ser apócrifa, pues hay otras muy similares, como la protagonizada por Galeno y el bailarín Pilades, y, aún antes, por Erasistrato y el joven príncipe selyúcida Antíoco.Avicena decía que si no se encontraba “otra cura a la enfermedad del amor, habría que recurrir a unir a los enamorados, siempre de acuerdo a lo permitido por la costumbre y la ley, porque”, añadía, “hemos visto a los que les volvió la salud y fuerzas y recuperaron la carne luego de que se secaran…y al unirse con su amada, su enfermedad desaparece en poco tiempo”.

Enfermedades de la Cabeza

El gran persa Avicena fue considerado como el mejor médico durante los oscuros siglos de la Edad Media. Su opera magna, el Canon, fue el libro básico de texto para cuantos médicos se formaron en las primeras Universidades europeas.

En esa gran obra, en la sección de Enfermedades de la Cabeza, Avicena describe una extraña enfermedad, cuyo cuadro clínico detalla con precisión:

los signos son hundimiento y sequedad de los ojos, sin humedad excepto al llorar, contínuos parpadeos, sonrisa como si estuviera viendo u oyendo algo agradable; respiración alterada; ya está gozoso y sonriente ya abatido y llorando…el pulso se parece al de los estados de locura o falta de apetito o miedo…

En relación con esta misma extraña enfermedad se cuenta también una bonita historia protagonizada por el propio Avicena, en la corte de Bagdad. Ante el califa, descubre el gran médico que un príncipe está enamorado, cuando, al tomarle el pulso, Avicena percibe que se acelera en el momento en el que el joven escucha casualmente el nombre de la ciudad donde vive su amada.

Pero esa historia debe ser apócrifa, pues hay otras muy similares, como la protagonizada por Galeno y el bailarín Pilades, y, aún antes, por Erasistrato y el joven príncipe selyúcida Antíoco.

Avicena decía que si no se encontraba “otra cura a la enfermedad del amor, habría que recurrir a unir a los enamorados, siempre de acuerdo a lo permitido por la costumbre y la ley, porque”, añadía, “hemos visto a los que les volvió la salud y fuerzas y recuperaron la carne luego de que se secaran…y al unirse con su amada, su enfermedad desaparece en poco tiempo”.