Joludi Blog

Feb 8
El Cerebro Descifrado
Ramachandran, cuyo último libro estoy devorando, representa bien el esfuerzo de los neurólogos por acercarse a algo que se aproxime un poco al conocimiento del funcionamiento cerebral. Yo veo a estos científicos como alguien que entra en un gran palacio en completa oscuridad y poco a poco, tocando aquí y allá, palpando esto y aquello, va haciéndose una remota idea de cómo es la gran mansión. “Tomemos la visión”, nos dice el autor, “solo para ella trabajan en nuestro cerebro treinta áreas diferentes que se ocupan de diferentes aspectos como el contorno, movimiento, color o asocian a lo que vemos nombres, recuerdos, emociones…” Basta que una de estas áreas de la visión no funcione, nos dice Ramachandran, o funcione solo parcialmente, para que la realidad que creemos ver se desmorone. Y puede hacerlo de diferentes modos. Por ejemplo, si la visión es afectada por un daño cerebral que se circunscribe al giro fusiforme, el enfermo reconoce a los que le rodean (amigos, familia…) pero está convencido de que son impostores. 
Si en cambio el daño cerebral es tan profundo que se produce una desconexión total entre las áreas de la visión y la amigdala (centro de las emociones), entonces el enfermo ya ni siquiera reconoce a sus seres queridos y pierde todo interés en lo que ve…¡pero no en lo que oye!, pues de hecho puede reanimarse cuando responde al teléfono, reencontrar sus afectos perdidos y conversar con plena vivacidad, ya que su canal auditivo está aún perfectamente conectado a sus emociones, a diferencia de la visión.
Ahora bien, si la desconexión cerebral entre las áreas de los sentidos y las emociones es total, entonces el paciente está convencido de estar muerto. Y en cierto modo tiene razón, pues sin emociones poco hay de nosotros que esté vivo.
Hay otros ejemplos deliciosos sobre esta sutil vinculación entre el sustrato material y la estructura de nuestro cerebro y el universo de nuestra realidad percibida. Por ejemplo, si el feto, durante su desarrollo, sufre cierto daño en el lóbulo parietal, allí donde reside el “mapa” cerebral de nuestro cuerpo, entonces la persona vivirá con la insoportable sensación de que alguno de sus miembros o extremidades no le pertenece y tendrá tentaciones permanentes de autoamputárselo (apotemnofilia).
Personas que ven como impostores a sus familiares, hombres o mujeres que están convencidos de ser un cadáver, pacientes que tratan desesperadamente de amputar sus brazos o piernas…¡Y todas estas cosas tan raras comienzan a ser entendidas! 
Esto le da ánimos a uno para pensar que algún día, no se si muy lejano, llegaremos a descifrar un poco al ser humano y a disculpar sus insondables océanos de absurdos y locuras. Por eso me gusta. Por eso lo leo.

El Cerebro Descifrado

Ramachandran, cuyo último libro estoy devorando, representa bien el esfuerzo de los neurólogos por acercarse a algo que se aproxime un poco al conocimiento del funcionamiento cerebral. Yo veo a estos científicos como alguien que entra en un gran palacio en completa oscuridad y poco a poco, tocando aquí y allá, palpando esto y aquello, va haciéndose una remota idea de cómo es la gran mansión. “Tomemos la visión”, nos dice el autor, “solo para ella trabajan en nuestro cerebro treinta áreas diferentes que se ocupan de diferentes aspectos como el contorno, movimiento, color o asocian a lo que vemos nombres, recuerdos, emociones…” Basta que una de estas áreas de la visión no funcione, nos dice Ramachandran, o funcione solo parcialmente, para que la realidad que creemos ver se desmorone. Y puede hacerlo de diferentes modos. Por ejemplo, si la visión es afectada por un daño cerebral que se circunscribe al giro fusiforme, el enfermo reconoce a los que le rodean (amigos, familia…) pero está convencido de que son impostores. 

Si en cambio el daño cerebral es tan profundo que se produce una desconexión total entre las áreas de la visión y la amigdala (centro de las emociones), entonces el enfermo ya ni siquiera reconoce a sus seres queridos y pierde todo interés en lo que ve…¡pero no en lo que oye!, pues de hecho puede reanimarse cuando responde al teléfono, reencontrar sus afectos perdidos y conversar con plena vivacidad, ya que su canal auditivo está aún perfectamente conectado a sus emociones, a diferencia de la visión.

Ahora bien, si la desconexión cerebral entre las áreas de los sentidos y las emociones es total, entonces el paciente está convencido de estar muerto. Y en cierto modo tiene razón, pues sin emociones poco hay de nosotros que esté vivo.

Hay otros ejemplos deliciosos sobre esta sutil vinculación entre el sustrato material y la estructura de nuestro cerebro y el universo de nuestra realidad percibida. Por ejemplo, si el feto, durante su desarrollo, sufre cierto daño en el lóbulo parietal, allí donde reside el “mapa” cerebral de nuestro cuerpo, entonces la persona vivirá con la insoportable sensación de que alguno de sus miembros o extremidades no le pertenece y tendrá tentaciones permanentes de autoamputárselo (apotemnofilia).

Personas que ven como impostores a sus familiares, hombres o mujeres que están convencidos de ser un cadáver, pacientes que tratan desesperadamente de amputar sus brazos o piernas…¡Y todas estas cosas tan raras comienzan a ser entendidas! 

Esto le da ánimos a uno para pensar que algún día, no se si muy lejano, llegaremos a descifrar un poco al ser humano y a disculpar sus insondables océanos de absurdos y locuras. Por eso me gusta. Por eso lo leo.



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