Los Náufragos del Batavia.
De igual modo que en la guerra la primera baja es la verdad, en los naufragios, lo primero que se suele hundir es la solidaridad. Así parece que ocurrió en el Concordia, haciendo poco honor a su nombre, que siguió en esto los pasos discordes del Titanic. Lo de menos es la cobardía digna de psicoanálisis de Schetino y su aparente midlife crisis (lo primero que hizo al llegar a tierra firme fue llamar a la mama; un psicoanalista nos diría que el barco lo hundió a propósito, proyectando su pulsión de muerte). Lo importante es el caos moral que según parece vivieron los náufragos, la falta brutal de orden y respeto por las habituales prioridades (niños, mujeres, ancianos…), el feroz sálvese quien pueda.
El mar, como nos dice el verso de Ifigenia en Táuride, debería lavar todos los crímenes, thalassa kluzei panta tanthropon kaká. Pero, ay, a menudo no hace sino sacarlos a la superficie.
Así ha ocurrido, nos dicen, junto al islote de Giglio, sobre la cubierta del megacrucero. Y así ocurrió en el archipiélago coralino de Abrolhos, hace tres siglos y medio, donde zozobró el Batavia, uno de los naufragios más terribles y significativos de la historia de la navegación marítima. Simon Leys lo ha contado admirablemente en un pequeño librito recién publicado, qué oportunos los editores de Acantilado.
El Batavia, orgullo de la Compañía Holandesa, encalló en su “maiden trip”, como el Titanic, en un arrecife, muy cerca de las costas australianas. Su capitán, como Schettino, se fugó a toda prisa en una chalupa (y llegó a Yakarta, donde fue ajusticiado apropiadamente).
Los más de de 300 pasajeros, incluidos muchos niños y mujeres, consiguieron ganar la playa cercana de uno de los arrecifes desiertos, habitados por canguros enanos y con suficiente provisión de agua pluvial.
En aquel suceso del Batavia, que ha podido inspirar a Golding o a los guionistas de Lost, el mal afloró en toda su dimensión, como pocas veces lo ha hecho en la historia de la Humanidad. Uno de los náufragos, un psicópata fanático, dominante por naturaleza e infinitamente cruel, consiguió hacerse con el poder y convertir la isla en un terrible campo de concentración. Implantó, con ayuda de compinches bien armados, un régimen de terror implacable, ejecutando sumariamente a todo aquel que osaba oponerse a sus deseos. Convirtió a los hombres en esclavos asustados o colaboradores de sus crímenes y a las mujeres en concubinas. Y consiguió hacer de la isla en un infernal experimento sociológico que solo concluyó cuando un barco fletado para el rescate consiguió milagrosamente llegar hasta aquellas aguas para liberar a los centenares de infelices que sobrevivieron al diabólico tirano.
Edmund Burke dejó dicho aquello tan bonito de que para que el mal triunfe solo es necesario que la buena gente no actúe.
Pero también, ay, se podría decir, a la luz de lo que ocurre en los Batavia, en los Titanic o en los Concordia, que, a menudo, para que la gente deje de ser buena, tan solo es preciso, únicamente basta, que el Mal actúe…