Cuervos y Gaviotas.
Lisboa está llena de gaviotas, pero no de cuervos. Y sin embargo, los cuervos, a los que aquí llaman vicentes, son las aves emblemáticas de la ciudad y su silueta se ve por todas partes, desde los souvenirs hasta el escudo de la urbe esculpido en piedra caliza por todas partes. Es extraño que el cuervo, el ave de mal agüero por excelencia, sea el ave totémica de una ciudad. Supongo que la gente supersticiosa encontrará en eso una explicación para las muchas tragedias vividas por los lisboetas.
La explicación de la omnipresencia del córvido está, como siempre, en una leyenda. Aquí dicen que allá por el siglo VIII, algunos cuervos colaboraron en el transporte por mar desde la Valencia hasta Lisboa del cuerpo de San Vicente, el diácono zaragozano que sufrió martirio en tiempos de Diocleciano. Ese traslado legendario hacia Asturias, huyendo de los moros que ocupaban Valencia, otorgó un patrón para para la ciudad y un nombre para el cabo homónimo no muy lejano. Un patrón económicamente muy apropiado, por cierto, pues es el santo protector de marinos y bodegueros. A la medida por tanto de la economía tradicional portuguesa.
Lo curioso es que los cuervos ya estaban asociados a San Vicente desde mucho antes, pues la tradición católica dice que tras la tortura, el cuerpo del aragonés, hijo de una señora de Huesca llamada con el fatídico nombre de Enola, fue arrojado a los buitres. Pero algunos cuervos impidieron entonces que fuese devorado, mira por dónde. Carroñeros contra carroñeros, como en la triste Europa que vivimos. Gane quien gane, el triunfo será para los carroñeros.