Desagravio de la croqueta.
Me invitan a comer, y lo agradezco mucho, a un restaurante de Madrid que parece destacar por su excelencia en la “nouvelle cuisine”, en todo eso de la cocina molecular e hipercreativa. Yo no me considero un filisteo en nada. Ni siquiera en los refinamientos de la mesa. Pero en ese desdichado restaurante (“La Terraza del Casino de Madrid”), del que parece son cómplices de algún modo Ferrán Adría y Paco Roncero, he encontrado mi absoluto pons asinorum. Fui totalmente incapaz de disfrutar con esos lamentables merengues de zanahoria, esas frambuesas fondant con wasabi y vinagre, esas castañuelas con alga codium y setas…Todo me recordaba las plasticosas chuches que le gusta comer a mi hija. Y aún esas me parecían más comestibles y sabrosas.
Lo resistí todo con cristiana resignación. Incluso padecí con paciencia las cómicas explicaciones del chief cuando traía cada uno de sus disparates (creo que a él le costaba tanto aguantar la risa como a mí).
Sin embargo, hubo un momento en el que estuve a punto de perder la compostura.
Fue cuando me trajeron una “croqueta líquida”. ¡Una croqueta líquida! Vaya ultraje no solo a la gastronomía sino a la lógica misma! Una croqueta es por definición algo crocante, señor Roncero. Si no hay crocante será cualquier cosa menos una croqueta. Es esencial, etimológica, metafísicamente imposible.
Ah, la croqueta, laborioso símbolo de la cocina preparada con supremo amor y sensualidad…Ah la croqueta, ahora prostituida sin remedio en los fogones de snobs moleculares de cinco tenedores y más marketing que sustancia…
Hay que hacer inmediatamente un acto de desagravio a la croqueta, la entrañable, insuperable croqueta. Propongo que sea en la Plaza de Colón de Madrid, por ejemplo, y así me pilla cerca.
Vale más una croqueta de jamón de las que preparaba mi abuela o una involvidable amiga, croquetóloga preclara, que todos los menús de degustación, indigestos e incomprensibles, de todos los ronceros del mundo.