Joludi Blog

Jun 25
Los ojos de Sizen.
“Es bien sabido que Sizen, la hija de la famosa reina Raisa de Sri Lanka, enloqueció y murió de amor. La causa fue un joven llamado Asur.Sizen conoció a Asur en uno de los viajes de la Reina y desde el primer momento comprendió que nunca podría amar a otro hombre. Pero, ay, se trataba de un amor imposible, porque Asur era un sacerdote del templo de la diosa Kandra y no podía transgredir sus votos ni aunque la mismísima Reina de Sri Lanka lo solicitase para su hija. Los sentimientos de Asur eran recíprocos y amaba apasionadamente a Sizen, pero sabía bien que una barrera insalvable les separaría siempre.Sizen, encerrada en el palacio, enfermó de amor, impotencia y nostalgia. Su estado empeoró día tras día. Nada consiguió aliviarla. Y finalmente murió.Meses más tarde, tras la triste desaparición de Sizen, la reina quiso comprender el misterio de la muerte de su hija. Y ordenó que trajesen al sacerdote Asur a su presencia.Cuando la reina vio a aquel joven sacerdote sumido también en una profunda tristeza se quedó un tanto extrañada. No veía  en Asur nada especial. Y mucho menos nada que hubiese hecho enloquecer de amor a su hija.Raisa miró silenciosamente a Asur. Lo miró en silencio durante largos minutos, incluso durante horas. Se levantó de su trono, miró a la ventana, volvió a examinar a Asur de arriba a abajo, siempre sin mediar palabra…Finalmente dijo:–Asur, verdaderamente no soy capaz de ver lo que Sizen vio en tí.–Majestad, tal vez sea porque vos no me miráis con los ojos con los que me miraba Sizen.”

Los ojos de Sizen.

Es bien sabido que Sizen, la hija de la famosa reina Raisa de Sri Lanka, enloqueció y murió de amor. La causa fue un joven llamado Asur.
Sizen conoció a Asur en uno de los viajes de la Reina y desde el primer momento comprendió que nunca podría amar a otro hombre. 
Pero, ay, se trataba de un amor imposible, porque Asur era un sacerdote del templo de la diosa Kandra y no podía transgredir sus votos ni aunque la mismísima Reina de Sri Lanka lo solicitase para su hija. Los sentimientos de Asur eran recíprocos y amaba apasionadamente a Sizen, pero sabía bien que una barrera insalvable les separaría siempre.
Sizen, encerrada en el palacio, enfermó de amor, impotencia y nostalgia. Su estado empeoró día tras día. Nada consiguió aliviarla. Y finalmente murió.
Meses más tarde, tras la triste desaparición de Sizen, la reina quiso comprender el misterio de la muerte de su hija. Y ordenó que trajesen al sacerdote Asur a su presencia.
Cuando la reina vio a aquel joven sacerdote sumido también en una profunda tristeza se quedó un tanto extrañada. No veía en Asur nada especial. Y mucho menos nada que hubiese hecho enloquecer de amor a su hija.
Raisa miró silenciosamente a Asur. Lo miró en silencio durante largos minutos, incluso durante horas. Se levantó de su trono, miró a la ventana, volvió a examinar a Asur de arriba a abajo, siempre sin mediar palabra…Finalmente dijo:
–Asur, verdaderamente no soy capaz de ver lo que Sizen vio en tí.
–Majestad, tal vez sea porque vos no me miráis con los ojos con los que me miraba Sizen.