Joludi Blog

Jun 18
Reliquias.
Felipe II fue posiblemente el mayor coleccionista de reliquias de la historia cristiana. Le apetecía fastidiar con esa pasión a los protestantes, tan enemigos del culto a los desechos. Dudo que exista ninguna colección mayor de restos sacros que la del palacio del Escorial, en Madrid, esa colosal proyección arquitectónica del inconsciente del monarca. La colección final escurialense alcanzó los siete mil artículos. Su detalle es impresionante: 10 cuerpos completos, 144 cabezas, 306 brazos y piernas, varios miles de huesos procedentes de cuerpos sagrados, varios puñados de cabellos de Jesucristo y la Virgen y muchos fragmentos del Legnum Crucis.
En cierto modo, el gigantesco palacio madrileño es un colosalrelicario.
Incluso el famoso ladrillo de oro del tejado de El Escorial no es sino una caja dorada en la que se introdujeron diferentes reliquias, creo que de Santa Bárbara. Nada de oro macizo, sino pelillos y huesecillos en un cofre, protegidos por una plancha metálica refulgente bajo el sol implacable de la meseta.
La afición a las reliquias ya la tenía Felipe desde la tierna edad de veintitres años, cuando emprendió su famoso “felicísimo viaje” de tres años por toda Europa. Al llegar a Colonia, gran capital mundial de la reliquia, cuyos parroquianos presumían de conservar las cabezas de las 11.000 legendarias vírgenes así como restos de los Reyes Magos y númerosos santos y mártires, Felipe se detuvo varias semanas al objeto de ir de compras en busca de reliquias. Y sin mirar en gastos. Le encargó las operaciones a su mayordomo, que era entonces Vicente Alvarez, quien ya estaba mosqueado con esta obsesión por los tristes restos y se veía asediado por toda clase de vendedores e intermediarios de cochambre. Este hombre sensato le prevenía respetuosamente al monarca:
–Majestad,  todo este asunto me hace sospechar engaño y el temor de que en vez de comprar la cabeza de un santo, estemos comprando la cabeza de alguien que fue al infierno. Prefiero confiar en los que están en el cielo que en sus huesos…
La superstición, la avidez, pero también el sentido común, son una constante a lo largo de los tiempos.

Reliquias.

Felipe II fue posiblemente el mayor coleccionista de reliquias de la historia cristiana. Le apetecía fastidiar con esa pasión a los protestantes, tan enemigos del culto a los desechos. Dudo que exista ninguna colección mayor de restos sacros que la del palacio del Escorial, en Madrid, esa colosal proyección arquitectónica del inconsciente del monarca. La colección final escurialense alcanzó los siete mil artículos. Su detalle es impresionante: 10 cuerpos completos, 144 cabezas, 306 brazos y piernas, varios miles de huesos procedentes de cuerpos sagrados, varios puñados de cabellos de Jesucristo y la Virgen y muchos fragmentos del Legnum Crucis.

En cierto modo, el gigantesco palacio madrileño es un colosalrelicario.

Incluso el famoso ladrillo de oro del tejado de El Escorial no es sino una caja dorada en la que se introdujeron diferentes reliquias, creo que de Santa Bárbara. Nada de oro macizo, sino pelillos y huesecillos en un cofre, protegidos por una plancha metálica refulgente bajo el sol implacable de la meseta.

La afición a las reliquias ya la tenía Felipe desde la tierna edad de veintitres años, cuando emprendió su famoso “felicísimo viaje” de tres años por toda Europa. Al llegar a Colonia, gran capital mundial de la reliquia, cuyos parroquianos presumían de conservar las cabezas de las 11.000 legendarias vírgenes así como restos de los Reyes Magos y númerosos santos y mártires, Felipe se detuvo varias semanas al objeto de ir de compras en busca de reliquias. Y sin mirar en gastos. Le encargó las operaciones a su mayordomo, que era entonces Vicente Alvarez, quien ya estaba mosqueado con esta obsesión por los tristes restos y se veía asediado por toda clase de vendedores e intermediarios de cochambre. Este hombre sensato le prevenía respetuosamente al monarca:

Majestad,  todo este asunto me hace sospechar engaño y el temor de que en vez de comprar la cabeza de un santo, estemos comprando la cabeza de alguien que fue al infierno. Prefiero confiar en los que están en el cielo que en sus huesos…

La superstición, la avidez, pero también el sentido común, son una constante a lo largo de los tiempos.