Holocausto.
En la antigua Grecia, los indigentes comían a menudo la carne residual de los sacrificios. Para muchos pobres, esta era la fuente única de proteinas.
Cuando los pobres se enteraban de que iba a tener lugar un “Hecatombe”, es decir, el sacrificio de cien bueyes (heca, cien; tombé, buey), se frotaban las manos. Era carne excelente, de los mejores animales. Y además estaba sazonada, pues antes de quemarla parcialmente, la untaban con una especie de salsa (salsa se dice “mola” en latín, de aquí el verbo “inmolar”, entendido como paso previo al sacrificio a los dioses).
En cambio, cuando las cosas estaban realmente mal lo que se celebraba era un Holocausto, esto es, un sacrificio en el que se dejaba consumir la totalidad del animal, para intentar que los dioses se saciasen del todo (holos=todo, de aquí holístico, whole, católico; causto=quemar, de aquí cáustico).
–Qué, estamos de enhorabuena eh, esta tarde hay grandes sacrificios para Apolo en la Acrópolis…
–Bah, es otro de esos malditos holocaustos. Es que llevamos un mesecito…Como no hagan una hecatombe como Zeus manda pronto en esta maldita Atenas me abro pa Tebas descarao.