Joludi Blog

Nov 8
Grima.
Me plantea mi hija mayor una pregunta sencilla: ¿por qué tenemos grima o dentera ante ciertos sonidos, incluso ante su mera descripción, como es el caso de las uñas sobre la pizarra?
Pagado de mi mismo, le digo que eso no lo sé en este momento, que tengo una vaga idea sobre el temor ancestral a los felinos, pero que no tardaré en darle una explicación precisa…
Que si quieres arroz catalina. He buscado y rebuscado y resulta que no hay una explicación científica clara, ni mucho menos. Es un misterio sin resolver. Como la ilusión óptica del tamaño de la luna. Como la causa de los bostezos. Como el destino del presupuesto de 11 millones de euros del Conseil Audiovisual de Catalunya…
No. No hay explicación para la grima. En los años 80, unos científicos de la Northwestern University, de Illinois, iniciaron una investigación de gran alcance para resolver el misterio. Pero nada. Ninguna de las conjeturas que se manejaban pudo confirmarse. Nada de evocación del pánico ante los depredadores felinos y sus uñas (hay otros muchos sonidos y cosas que dan dentera y que no tienen la más remota relación con tigres caminando sobre las rocas ni cosa parecida). Nada de recuerdo de los gritos de los primates. Nada de eso.
He tenido que reconocer humildemente ante mi hija que no tengo ni idea sobre las causas de la grima.
Pero, después de todo, me parece que esto no tiene nada de malo.
Saberlo todo da dentera. Grima.

Grima.

Me plantea mi hija mayor una pregunta sencilla: ¿por qué tenemos grima o dentera ante ciertos sonidos, incluso ante su mera descripción, como es el caso de las uñas sobre la pizarra?

Pagado de mi mismo, le digo que eso no lo sé en este momento, que tengo una vaga idea sobre el temor ancestral a los felinos, pero que no tardaré en darle una explicación precisa…

Que si quieres arroz catalina. He buscado y rebuscado y resulta que no hay una explicación científica clara, ni mucho menos. Es un misterio sin resolver. Como la ilusión óptica del tamaño de la luna. Como la causa de los bostezos. Como el destino del presupuesto de 11 millones de euros del Conseil Audiovisual de Catalunya…

No. No hay explicación para la grima. En los años 80, unos científicos de la Northwestern University, de Illinois, iniciaron una investigación de gran alcance para resolver el misterio. Pero nada. Ninguna de las conjeturas que se manejaban pudo confirmarse. Nada de evocación del pánico ante los depredadores felinos y sus uñas (hay otros muchos sonidos y cosas que dan dentera y que no tienen la más remota relación con tigres caminando sobre las rocas ni cosa parecida). Nada de recuerdo de los gritos de los primates. Nada de eso.

He tenido que reconocer humildemente ante mi hija que no tengo ni idea sobre las causas de la grima.

Pero, después de todo, me parece que esto no tiene nada de malo.

Saberlo todo da dentera. Grima.


La sociedad de moradores variopintos. La sobrecogedora multiplicidad de la conciencia, la escisión del yo, que la psicología del siglo XX nos ha hecho intuir y aceptar, ya estaba sorpendentemente anunciada en una frase profética de Stevenson: “el hombre será a la larga conocido como una mera sociedad de moradores variopintos, extraños e independientes”. ¡Mera sociedad de moradores variopintos!. Hace falta ser Stevenson para encontrar una imagen así.


La sociedad de moradores variopintos.

La sobrecogedora multiplicidad de la conciencia, la escisión del yo, que la psicología del siglo XX nos ha hecho intuir y aceptar, ya estaba sorpendentemente anunciada en una frase profética de Stevenson: “el hombre será a la larga conocido como una mera sociedad de moradores variopintos, extraños e independientes”. ¡Mera sociedad de moradores variopintos!. Hace falta ser Stevenson para encontrar una imagen así.


Spitting Images. Ayer pasé caminando por la calle Divino Pastor de Madrid. Creo que allí había un consultorio médico al que mi madre me llevaba cuando yo tenía anginas, cosa que ocurría con frecuencia chocante. Es curioso que en ese momento me viniese precisamente el recuerdo, de unos carteles colgados en las paredes de aquel primitivo ambulatorio que decían “prohibido escupir”. Esos carteles también se veían en otros muchos lugares públicos. A mi me extraña retrospectivamente que hubiera que prohibir algo tan manifiestamente improcedente. Y  me sorprende recuperar de mi memoria aquellos extraños recipientes en el suelo llamados escupideras (las “spittoons” de los ingleses), ya desaparecidas hoy por completo, pero que en aquella época se usaban por doquier para recoger la baba anónima. Pero tenía lógica. Estábamos entonces en los estertores del escupitajo. Aquellas escupideras y carteles eran la última trinchera de la barbarie salivar. La Humanidad no ha parado de escupir desde el principio de los tiempos. Entre los antiguos griegos y romanos, por ejemplo, se pensaba que escupir era una especie de amuleto gestual frente a un mal de ojo. Así que se hacía en muchas ocasiones. También lo hacen aún ahora los fubolistas sobre el campo, después de algún lance especialmente notable del encuentro, y quizá con similares motivaciones apotropaicas, buscando alejar la mala fortuna. Hasta el siglo XVI, escupir era lo más normal del mundo. La gente se pasaba el día expulsando un fluido del que fabricamos, en una vida media, no menos de 30.000 litros.Erasmo de Rotterdam recomendaba que no retuviésemos saliva bajo ningún concepto. La Salle, el padre del protocolo y las buenas maneras, recomendaba también no abstenerse de escupir cuando fuese preciso. Y esto a principios del XVII. Pero en el seiscientos se empieza a pedir, tímidamente, como norma de educación, que se escupa con cuidado, para evitar que el esputo caiga sobre alguien.  A finales del XVIII ya se exigía que os caballeros bien educados no escupieran sobre las paredes ni sobre los muebles. Y hubo que esperar al siglo XIX para que se viese el escupitajo como algo francamente indecoroso, que ya en el siglo XX quedaría incluso formalmente prohibido, como indican aquellos carteles que yo recuerdo de mi infancia. La Historia de la Humanidad, por tanto, puede verse simplemente como una constante, implacable superación del esputo.

Spitting Images.

Ayer pasé caminando por la calle Divino Pastor de Madrid. Creo que allí había un consultorio médico al que mi madre me llevaba cuando yo tenía anginas, cosa que ocurría con frecuencia chocante. Es curioso que en ese momento me viniese precisamente el recuerdo, de unos carteles colgados en las paredes de aquel primitivo ambulatorio que decían “prohibido escupir”. Esos carteles también se veían en otros muchos lugares públicos. A mi me extraña retrospectivamente que hubiera que prohibir algo tan manifiestamente improcedente. Y  me sorprende recuperar de mi memoria aquellos extraños recipientes en el suelo llamados escupideras (las “spittoons” de los ingleses), ya desaparecidas hoy por completo, pero que en aquella época se usaban por doquier para recoger la baba anónima.
Pero tenía lógica. Estábamos entonces en los estertores del escupitajo. Aquellas escupideras y carteles eran la última trinchera de la barbarie salivar.
La Humanidad no ha parado de escupir desde el principio de los tiempos. Entre los antiguos griegos y romanos, por ejemplo, se pensaba que escupir era una especie de amuleto gestual frente a un mal de ojo. Así que se hacía en muchas ocasiones. También lo hacen aún ahora los fubolistas sobre el campo, después de algún lance especialmente notable del encuentro, y quizá con similares motivaciones apotropaicas, buscando alejar la mala fortuna.
Hasta el siglo XVI, escupir era lo más normal del mundo. La gente se pasaba el día expulsando un fluido del que fabricamos, en una vida media, no menos de 30.000 litros.
Erasmo de Rotterdam recomendaba que no retuviésemos saliva bajo ningún concepto. La Salle, el padre del protocolo y las buenas maneras, recomendaba también no abstenerse de escupir cuando fuese preciso. Y esto a principios del XVII.
Pero en el seiscientos se empieza a pedir, tímidamente, como norma de educación, que se escupa con cuidado, para evitar que el esputo caiga sobre alguien.
A finales del XVIII ya se exigía que os caballeros bien educados no escupieran sobre las paredes ni sobre los muebles. Y hubo que esperar al siglo XIX para que se viese el escupitajo como algo francamente indecoroso, que ya en el siglo XX quedaría incluso formalmente prohibido, como indican aquellos carteles que yo recuerdo de mi infancia.
La Historia de la Humanidad, por tanto, puede verse simplemente como una constante, implacable superación del esputo.


Zumo de Manganeso.  El hombre es el único animal que llora. De esto ya se dio cuenta Aristóteles con una frase impresionante en torno al poder de lo incongruente que sintetiza muchísima sabiduría: “El hombre es el único animal que llora y el único animal que ríe porque es el único de los animales que se da cuenta de que las cosas no son como deberían ser” Lo cierto es que vertimos lágrimas desde los tres meses (qué curioso que no antes, eh).  Esto de las lágrimas quizá sea un truco que nos ha concedido la Naturaleza a nosotros, neonatos impenitentes, para enternecer a nuestras madres y garantizarnos su apoyo. No se. Al fin y al cabo, parece probado que el llanto de los bebés es una especie de precursor del lenguaje y se ha demostrado que cada bebé tiende a llorar de forma diferente de acuerdo con el idioma de sus padres. Cosa curiosa. Pero aún más curioso es el hecho de que no todas las lágrimas sean iguales. Se ha descubierto recientemente que las lágrimas que nacen de la tristeza y la desolación tienen manganeso. Las otras, las que provienen de la mera irritación ocular, no.  Qué oportunidad perdió Primo Levi para escribir un capítulo de su Sistema Periódico (el mejor libro de divulgación científica jamás escrito) en torno a este elemento químico. En cada uno de sus inmortales 25 capítulos, Levi recrea una maravillosa historia, casi una fábula, en torno a un elemento químico, desde el argón hasta el carbono, pero ninguno de esos capítulos, que yo recuerde, habla del manganeso. Tal vez porque en 1975 cuando se escribió esta obra, el manganeso solo se relacionaba con las baterías de cocina y las latas de cerveza. Eso no le debía interesar mucho a Levi. Sin embargo, hoy ya sabemos que el manganeso es inusitadamente esencial para la vida humana. Y quizá lo es porque, según nos enseñan los químicos, la capacidad del manganeso para intercambiar electrones supera a la de cualquier otro metal, ya sea el molibdeno, el niquel, el vanadio o el cobre. Jeff Schaatz ha escrito mucho en torno a este poderoso oligoelemento, que por su inherente promiscuidad se ha revelado crucial para nuestra dinámica enzimática e inmunológica. Schaatz, glosando la pelea colosal que tiene lugar en la inmunología del cuerpo humano en torno al manganeso, habla de la poderosa “fuerza emocional” de este elemento químico… ¡Fuerza emocional, nos dice el químico! Oh dios, lo que hubiera escrito Levi sobre el manganeso si hubiera conocido los fascinantes análisis de Schaatz en torno a su bioquímica en nuestro cuerpo y el no menos fascinante hecho de que cuando lloramos, resulta que generamos ese extraño, misterioso jugo de manganeso que parece diferenciarnos de cualquier otra criatura…

Zumo de Manganeso.

El hombre es el único animal que llora. De esto ya se dio cuenta Aristóteles con una frase impresionante en torno al poder de lo incongruente que sintetiza muchísima sabiduría: “El hombre es el único animal que llora y el único animal que ríe porque es el único de los animales que se da cuenta de que las cosas no son como deberían ser”
Lo cierto es que vertimos lágrimas desde los tres meses (qué curioso que no antes, eh).
Esto de las lágrimas quizá sea un truco que nos ha concedido la Naturaleza a nosotros, neonatos impenitentes, para enternecer a nuestras madres y garantizarnos su apoyo. No se. Al fin y al cabo, parece probado que el llanto de los bebés es una especie de precursor del lenguaje y se ha demostrado que cada bebé tiende a llorar de forma diferente de acuerdo con el idioma de sus padres. Cosa curiosa.
Pero aún más curioso es el hecho de que no todas las lágrimas sean iguales. Se ha descubierto recientemente que las lágrimas que nacen de la tristeza y la desolación tienen manganeso. Las otras, las que provienen de la mera irritación ocular, no.
Qué oportunidad perdió Primo Levi para escribir un capítulo de su Sistema Periódico (el mejor libro de divulgación científica jamás escrito) en torno a este elemento químico. En cada uno de sus inmortales 25 capítulos, Levi recrea una maravillosa historia, casi una fábula, en torno a un elemento químico, desde el argón hasta el carbono, pero ninguno de esos capítulos, que yo recuerde, habla del manganeso. Tal vez porque en 1975 cuando se escribió esta obra, el manganeso solo se relacionaba con las baterías de cocina y las latas de cerveza. Eso no le debía interesar mucho a Levi.
Sin embargo, hoy ya sabemos que el manganeso es inusitadamente esencial para la vida humana. Y quizá lo es porque, según nos enseñan los químicos, la capacidad del manganeso para intercambiar electrones supera a la de cualquier otro metal, ya sea el molibdeno, el niquel, el vanadio o el cobre. Jeff Schaatz ha escrito mucho en torno a este poderoso oligoelemento, que por su inherente promiscuidad se ha revelado crucial para nuestra dinámica enzimática e inmunológica. Schaatz, glosando la pelea colosal que tiene lugar en la inmunología del cuerpo humano en torno al manganeso, habla de la poderosa “fuerza emocional” de este elemento químico… ¡Fuerza emocional, nos dice el químico! Oh dios, lo que hubiera escrito Levi sobre el manganeso si hubiera conocido los fascinantes análisis de Schaatz en torno a su bioquímica en nuestro cuerpo y el no menos fascinante hecho de que cuando lloramos, resulta que generamos ese extraño, misterioso jugo de manganeso que parece diferenciarnos de cualquier otra criatura…




Palabras mayores.
En Rusia, las mujeres deben intentar por todos los medios no decir tacos, pues está muy mal visto. Cuando una rusa se enfada, lo máximo que está autorizada a decir es “¡tortita!” (blini), que es algo así como “córcholis” o “caramba”.

Palabras mayores.

En Rusia, las mujeres deben intentar por todos los medios no decir tacos, pues está muy mal visto. Cuando una rusa se enfada, lo máximo que está autorizada a decir es “¡tortita!” (blini), que es algo así como “córcholis” o “caramba”.


Me lo ha dicho mi dedo meñique. Los franceses llaman “auricular” al dedo meñique, constatando así, sin complejos, el hecho de su evidente utilidad para despejar atascos de cera en nuestro oído. Por esta razón, donde un castellanohablante dice “me lo ha dicho un pajarito”, un francés dirá “me lo ha dicho mi dedo meñique”, expresión esta inexplicable en las traducciones, pero totalmente lógica si se tiene en cuenta la vinculación que los franceses establecen entre este dedo y nuestro sentido auditivo.

Me lo ha dicho mi dedo meñique.

Los franceses llaman “auricular” al dedo meñique, constatando así, sin complejos, el hecho de su evidente utilidad para despejar atascos de cera en nuestro oído. Por esta razón, donde un castellanohablante dice “me lo ha dicho un pajarito”, un francés dirá “me lo ha dicho mi dedo meñique”, expresión esta inexplicable en las traducciones, pero totalmente lógica si se tiene en cuenta la vinculación que los franceses establecen entre este dedo y nuestro sentido auditivo.


Nov 7
Evolución cultural.
Supongamos que echamos veneno en un estanque lleno de pececitos. Morirán casi todos ellos, pero sobrevivirán algunos pocos que, por alguna casualidad genética, sean inmunes al veneno. Entonces esos pececitos supervivientes se reproducirán, y al cabo de una generación, el estanque estará lleno de pececitos que, en general, serán inmunes a nuestra sustancia venenosa.
Esto es evolución biológica. Y exige el paso de una generación a otra.
Ahora imaginemos que echamos el veneno en una casa abandonada ocupada por ratas. Morirán inicialmente algunas ratas que coman el veneno, pero las demás comprenderán pronto el peligro de la sustancia y entre la comunidad de roedores se extenderá la noticia de que hay que evitar a toda costa ingerir el nuevo veneno. Al cabo de unos días, ya no conseguiremos nada con él. Todas las ratas se habrán convertido en inmunes frente a nuestro veneno.
Esto es evolución cultural. Y no exige el paso de una generación a otra.
La evolución cultural, entre nosotros, es mucho más rápida y poderosa que la biológica. Por eso, lo que somos es sobre todo un producto de lo que es nuestra cultura, nuestra civilización. Más bien que de nuestra biología.

Evolución cultural.

Supongamos que echamos veneno en un estanque lleno de pececitos. Morirán casi todos ellos, pero sobrevivirán algunos pocos que, por alguna casualidad genética, sean inmunes al veneno. Entonces esos pececitos supervivientes se reproducirán, y al cabo de una generación, el estanque estará lleno de pececitos que, en general, serán inmunes a nuestra sustancia venenosa.

Esto es evolución biológica. Y exige el paso de una generación a otra.

Ahora imaginemos que echamos el veneno en una casa abandonada ocupada por ratas. Morirán inicialmente algunas ratas que coman el veneno, pero las demás comprenderán pronto el peligro de la sustancia y entre la comunidad de roedores se extenderá la noticia de que hay que evitar a toda costa ingerir el nuevo veneno. Al cabo de unos días, ya no conseguiremos nada con él. Todas las ratas se habrán convertido en inmunes frente a nuestro veneno.

Esto es evolución cultural. Y no exige el paso de una generación a otra.

La evolución cultural, entre nosotros, es mucho más rápida y poderosa que la biológica. Por eso, lo que somos es sobre todo un producto de lo que es nuestra cultura, nuestra civilización. Más bien que de nuestra biología.


Lo que nos hace humanos.
¿Qué nos convierte en personas humanas? Para los antropólogos no cabe duda. Consideran que un homínido era humano si pueden detectar mediante algún vestigio arquelógico o paleontológico que ese homínido realizaba algún tipo de ritos funerarios. No hay civilización si no hay enterramientos.
Es humano el ser que tiene conciencia de sí. Pero esta “conciencia de sí” tiene un terrible precio. Porque solo se obtiene con temor, ansiedad y conciencia de muerte.
El hombre es el único ser que sabe que va a morir un día, pese a provenir de antepasados que ignoraban completamente este hecho.
Los animales, ni siquiera los primates, no entienden bien lo que es la muerte (aunque existen extrañas referencias a los elefantes y su sentido de la muerte y el culto a los antepasados). Los animales sufren cuando agonizan, perciben su debilidad generalizada, pero no saben que están muriendo. Ni lo saben sus congéneres.
Cuando a una mamá chimpancé se le muere su bebé, no lo abandona inmediatamente. Sigue manteniéndolo en sus brazos durante días. Y cada cierto tiempo, trata de despertarlo. Así hasta que un día, ya no ve lo que está en sus brazos como un bebé, sino simplemente un trozo de carne. Entonces lo abandona en un rincón apartado. Para ella, su vástago no ha muerto. O no entiende que haya muerto. Ha ocurrido una transformación que ella no alcanza a entender. Tan solo eso.
Solo cuando surge la conciencia traumática de la muerte se puede hablar de auténtica humanidad. Así, la muerte va indisociablemente unida a nuestra naturaleza de hombres. Es en el momento en el que atisbamos el hecho de la muerte, cuando comemos de esa fruta prohibida del árbol del conocimiento, Y cuando nos convertimos en humanos, cobrando conciencia de nosotros mismos.
Nuestra vida como hombres no es más que una consecuencia de nuestra muerte. Un terrible sarcasmo.

Lo que nos hace humanos.

¿Qué nos convierte en personas humanas? Para los antropólogos no cabe duda. Consideran que un homínido era humano si pueden detectar mediante algún vestigio arquelógico o paleontológico que ese homínido realizaba algún tipo de ritos funerarios. No hay civilización si no hay enterramientos.

Es humano el ser que tiene conciencia de sí. Pero esta “conciencia de sí” tiene un terrible precio. Porque solo se obtiene con temor, ansiedad y conciencia de muerte.

El hombre es el único ser que sabe que va a morir un día, pese a provenir de antepasados que ignoraban completamente este hecho.

Los animales, ni siquiera los primates, no entienden bien lo que es la muerte (aunque existen extrañas referencias a los elefantes y su sentido de la muerte y el culto a los antepasados). Los animales sufren cuando agonizan, perciben su debilidad generalizada, pero no saben que están muriendo. Ni lo saben sus congéneres.

Cuando a una mamá chimpancé se le muere su bebé, no lo abandona inmediatamente. Sigue manteniéndolo en sus brazos durante días. Y cada cierto tiempo, trata de despertarlo. Así hasta que un día, ya no ve lo que está en sus brazos como un bebé, sino simplemente un trozo de carne. Entonces lo abandona en un rincón apartado. Para ella, su vástago no ha muerto. O no entiende que haya muerto. Ha ocurrido una transformación que ella no alcanza a entender. Tan solo eso.

Solo cuando surge la conciencia traumática de la muerte se puede hablar de auténtica humanidad. Así, la muerte va indisociablemente unida a nuestra naturaleza de hombres. Es en el momento en el que atisbamos el hecho de la muerte, cuando comemos de esa fruta prohibida del árbol del conocimiento, Y cuando nos convertimos en humanos, cobrando conciencia de nosotros mismos.

Nuestra vida como hombres no es más que una consecuencia de nuestra muerte. Un terrible sarcasmo.


Verdades, fractales y borrascas.
La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos. Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas. Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto. Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida. Puro pensamiento que los esoteristas relacionarían con Hermes Trimegisto y la Tabla Esmeralda. No le tomaron en serio a Richardson. Tal vez precisamente por el eco esotérico. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala allá arriba, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales de aquí abajo, y que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad. Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.  Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples. ¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.

Verdades, fractales y borrascas.

La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos.
Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas.
Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto.
Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida. Puro pensamiento que los esoteristas relacionarían con Hermes Trimegisto y la Tabla Esmeralda.
No le tomaron en serio a Richardson. Tal vez precisamente por el eco esotérico. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala allá arriba, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales de aquí abajo, y que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad.
Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.
Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples.
¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.


El Reino de Parolio. “Erase una vez un rey llamado Parolio. Era un rey astuto y pequeño que tenía un poder muy especial. Era el poder de hacer creer a todo el mundo que sus palabras eran verdad. Parolio era, sí, pequeño y astuto. Cuando era fuerte, reía y contaba chistes, y todos festejaban con él celebrando sus bromas. Cuando era débil, lloraba, y todos se compadecían de él y le ayudaban. Oh, qué hermoso y bueno es el Reino de Parolio, solía decir la gente después de escucharle. Un día, el rey Parolio conoció a una hermosa joven. Era una muchacha muy ingenua y muy sencilla, como todo lo que es bello. La joven se quedó prendada de las palabras de Parolio. Eran palabras que hablaban de mundos fantásticos y sueños deleitosos. Quedó inmediatamente seducida por esas imágenes que salían de la boca del rey astuto y pequeño. Las palabras de Parolio eran tan poderosas que la joven se fue olvidando por momentos de cómo era el mundo real. Y así ocurrió que llegó un día en que la joven, de tanto escuchar embelesada a Parolio, dejó de ver los colores y las formas del mundo. ¿Pero qué importancia podía tener eso si el rey Parolio tenía las palabras adecuadas que resultaban ser, según decía él, mucho mejor que las cosas mismas? Pero, algún tiempo más tarde, resultó que la joven conoció a un soldado. A la primera mirada que intercambiaron, surgió entre ambos una bella amistad. Y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Al soldado le sorprendía que la joven no supiese nada de los colores del mundo. Así que le explicaba a la joven cómo eran las hojas color vino de algunos árboles en el otoño, cómo era el brillo naranja del sol cuando se pone tras las montañas y muchas más cosas así… Parolio estaba muy irritado. No comprendía lo que que la joven veía en el soldado y en sus historias sobre el mundo y sus colores. “¿Los colores de las hojas? Yo te los puedo dar todos”, decía irritado. “¿La luz de los atardeceres? ¡Yo me encargo de ello!”, insistía con mucho enfado. “Pero ¿cuándo, Parolio, cuando? decía la joven. “¡Mañana!”, decía siempre el rey astuto y pequeño. Ocurrió entonces que el Reino de Parolio sufrió una gran calamidad. Un ejército bien armado de gentes de la montaña atravesó las fronteras del reino. Parolio intentó usar el poder de sus palabras para evitar la guerra, pero las gentes de la montaña hablan y entienden un idioma extraño y con ellos nada pudieron las palabras del rey astuto y pequeño. Tuvo lugar una batalla en la que salieron perdiendo las tropas del rey Parolio, quien huyó rápidamente en un barco hacia un lejano país.   Nuestro soldado, aunque malherido, sobrevivió. Y un buen día retornó del campo de batalla para reunirse con la joven. Decidieron irse juntos caminando por algún camino.  Era un camino cualquiera que llevaba a cualquier parte. Un camino que discurría entre hileras de hermosos árboles de hojas color del vino, iluminados por la luz mágica del atardecer, tal como la joven percibió, feliz, tan pronto dio los primeros pasos.”

El Reino de Parolio.

“Erase una vez un rey llamado Parolio. Era un rey astuto y pequeño que tenía un poder muy especial. Era el poder de hacer creer a todo el mundo que sus palabras eran verdad. Parolio era, sí, pequeño y astuto. Cuando era fuerte, reía y contaba chistes, y todos festejaban con él celebrando sus bromas. Cuando era débil, lloraba, y todos se compadecían de él y le ayudaban. Oh, qué hermoso y bueno es el Reino de Parolio, solía decir la gente después de escucharle.
Un día, el rey Parolio conoció a una hermosa joven. Era una muchacha muy ingenua y muy sencilla, como todo lo que es bello. La joven se quedó prendada de las palabras de Parolio. Eran palabras que hablaban de mundos fantásticos y sueños deleitosos. Quedó inmediatamente seducida por esas imágenes que salían de la boca del rey astuto y pequeño.
Las palabras de Parolio eran tan poderosas que la joven se fue olvidando por momentos de cómo era el mundo real. Y así ocurrió que llegó un día en que la joven, de tanto escuchar embelesada a Parolio, dejó de ver los colores y las formas del mundo. ¿Pero qué importancia podía tener eso si el rey Parolio tenía las palabras adecuadas que resultaban ser, según decía él, mucho mejor que las cosas mismas?
Pero, algún tiempo más tarde, resultó que la joven conoció a un soldado. A la primera mirada que intercambiaron, surgió entre ambos una bella amistad. Y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Al soldado le sorprendía que la joven no supiese nada de los colores del mundo. Así que le explicaba a la joven cómo eran las hojas color vino de algunos árboles en el otoño, cómo era el brillo naranja del sol cuando se pone tras las montañas y muchas más cosas así…
Parolio estaba muy irritado. No comprendía lo que que la joven veía en el soldado y en sus historias sobre el mundo y sus colores. “¿Los colores de las hojas? Yo te los puedo dar todos”, decía irritado. “¿La luz de los atardeceres? ¡Yo me encargo de ello!”, insistía con mucho enfado. “Pero ¿cuándo, Parolio, cuando? decía la joven. “¡Mañana!”, decía siempre el rey astuto y pequeño.
Ocurrió entonces que el Reino de Parolio sufrió una gran calamidad. Un ejército bien armado de gentes de la montaña atravesó las fronteras del reino. Parolio intentó usar el poder de sus palabras para evitar la guerra, pero las gentes de la montaña hablan y entienden un idioma extraño y con ellos nada pudieron las palabras del rey astuto y pequeño. Tuvo lugar una batalla en la que salieron perdiendo las tropas del rey Parolio, quien huyó rápidamente en un barco hacia un lejano país. 
Nuestro soldado, aunque malherido, sobrevivió. Y un buen día retornó del campo de batalla para reunirse con la joven. Decidieron irse juntos caminando por algún camino.
Era un camino cualquiera que llevaba a cualquier parte. Un camino que discurría entre hileras de hermosos árboles de hojas color del vino, iluminados por la luz mágica del atardecer, tal como la joven percibió, feliz, tan pronto dio los primeros pasos.”