UN FRACASADO ILUSTRE.
A veces tendemos a cometer la simplificación de clasificar a las personas como fracasados y triunfadores. Según este criterio, unos parecen estar condenados siempre al error, mientras que los otros son los que encuentran en toda situación el camino del éxito. De algún modo, todo parece estar decidido, a priori, para ambos tipos de personas. Sin embargo, la experiencia demuestra que en la biografía de todo “triunfador” suele haber una larga historia de fracasos.
Alguien dijo-y con mucha razón-que un triunfador no es sino un hombre cuyo coraje le permite ir de fracaso en fracaso hasta el éxito. Tal vez sea cierto. Quizá la clave está en ver cada uno de los fracasos como simples etapas hacia el éxito final…
FRACASADO ES EL QUE CREE SERLO
La Historia está llena de “fracasados” que alcanzan finalmente el éxito por la articulación de la perseverancia con el talento, y el tenaz desafío a lo que a primera vista se diría que es una conjura de las fuerzas del destino y el azar contra los propósitos propios. Hay muchos ejemplos, uno de ellos, especialmente notorio, es, por ejemplo, Cristobal Colón, de quien hablaré en otro post. Pero hay muchos más. A continuación me voy a referir a uno de ellos, porque me parece que sus peripecias no sólo llevan a la reflexión sino también a la risa. Y es combinación es irresistible.
Tal vez las líneas que siguen sirvan para meditar sobre lo valiosos que son los fracasos y los errores de nuestra vida. Agradezco la fuente de la información a mi padre, que me regaló hace unos meses un librito delicioso sobre el “fracasado” en cuestión . A lo mejor concluimos que sólo es fracasado el que cree serlo. Y esto me recuerda también las inmortales palabras del proteico Kowalsky en el Tranvía Llamado Deseo, mientras jugaba chulescamente al poker: “suerte es creer que se tiene”, decía el personaje interpretado por Brando… Cuánta razón. Pero vayamos a nuestra historia.
EL BASTARDO GORDITO DEL NOTARIO
Nuestro fracasado es hijo ilegítimo de un notario y de una chica del pueblo. Su madre, tras dar a luz, se casa con un pastelero en paro de la localidad.
Su padrastro pastelero le envicia con los pasteles y le convierte en un verdadero glotón.
Su padre natural le coloca a trabajar en un taller, pero el dueño del taller le castiga por tragón. Los demás aprendices del taller le llaman “el gordito” y se burlan de él.
Como gana muy poco dinero en el taller, se dedica a trabajar por las noches en una taberna “Los Tres Caracoles”. Su puesto es pinche de cocina.
En la taberna, se empeña en cambiar la comida habitual (trozos de carne guisada con harina de maíz) por canapés al estilo nouvelle cuisine. Sus canapés “creativos” no tienen ningún éxito y los parroquianos de la taberna quieren apalearle, hasta el punto de que tiene que volver apresuradamente al odiado taller.
Unos años más tarde, la taberna de los Tres Caracoles desaparece a consecuencia de un incendio y nuestro fracasado convence a un amigo para establecer un establecimiento similar al que llaman Las Tres Ranas.
En la nueva taberna, nuestro fracasado intenta de nuevo la línea nouvelle cuisine, y prepara canapés de zanahoria y anchoa. Por supuesto, la taberna de las Tres Ranas es un fracaso total.
En los tres años siguientes, ya frisando los 30, nuestro fracasado se convierte en un parado de larga duración. Vaga por la calles como músico callejero y no consigue ningún trabajo como camarero o cocinero en ningún establecimiento.
Al cumplir 30 años, parece que le cambia la suerte. Escribe una carta de su puño y letra al hombre más rico y poderoso de la ciudad. En la carta, nuestro fracasado indica que “no tiene rival en la fabricación de todo tipo de maquinaria, que dibuja maravillosamente, y que nadie le supera en la preparación de pasteles.”
El poderoso millonario le contrata, intrigado por la carta de autopresentación, y le asigna tareas en el campo de la seguridad, como músico para los banquetes, y también le asigna ciertas responsabilidades en relación con la organización y mantenimiento de las cocinas de la mansión.
UN EXTRAVAGANTE JEFE DE COCINAS
Nuestro fracasado aprovecha sus nuevas responsabilidades en las cocinas para ensayar de nuevo sus tapas “nouvelle cuisine” que siguen sin tener la menor acogida favorable, y también para ensayar el funcionamiento de ciertos aparatos ideados por él para facilitar el trabajo de los pinches y los cocineros. Muchos de estos ingenios son considerados completamente absurdos e innecesarios por la mayoría de los trabajadores de la mansión. Incluso peligrosos. Entre ellos destacan un aparato para capturar ranas en los depósitos de agua, un asador con hélices autopropulsadas, un nuevo calentador de agua por carbón, una extraña maquina para cortar rebanadas de pan, movida por algo similar al aire comprimido, un aparato basado en pólvora para encender los fuegos automáticamente, un sistema de limpieza e irrigación de suelos que funciona con dos bueyes uncidos a una noria, un tambor y unas flautas automatizadas para animar y dar ritmo a los trabajos de la cocina, y una picadora de carne en la que, en teoría, se puede introducir una vaca entera, que debería convertirse en picadillo al cabo de sólo unos minutos. También trata de instalar un sistema de fuelles accionados por un caballo, para depurar los malos olores de las cocinas.
Sorprendentemente, nuestro fracasado, ya treintañero, consigue imponer sus ideas, si no en lo relativo a las tapas “nouvelle cuisine”, sí en los ingenios extravagantes, auténticos inventos del “TBO”, que diseña para modernizar y automatizar las cocinas de la mansión. Pero el resultado es un auténtico desastre, como puede juzgarse por un relato detallado y objetivo que un embajador, que frecuentaba la mansión, hace de aquellas grandes cocinas en las que ha intervenido con libertad nuestro fracasado. Sus palabras no tienen desperdicio:
EL RELATO DEL EMBAJADOR
“La cocina que dirige ese hombre es un gran caos. El señor de la casa me ha dicho que el esfuerzo de los últimos meses se había hecho con la intención de economizar esfuerzos humanos; pero ahora, en lugar de los veinte cocineros antes empleados en las cocinas, las personas que se apiñan en este lugar llegan casi al centenar, y ninguno de los que yo pude ver estaba cocinando, sino que todos estaban atareados con los grandes dispositivos que ocupaban todo el suelo y los muros, ninguno de los cuales parecía comportarse de manera útil o para la tarea para la que fue creado. En un extremo del recinto una gran noria, empujada por una furiosa cascada, vomitaba y rociaba con sus aguas a todos los que pasaban por debajo, y había transformado el suelo en un lago. Fuelles gigantescos, cada uno de tres metros y medios de largo, colgaban de los techos, siseando y rugiendo con el propósito de limpiar los humos de los fuegos, pero todo lo que lograban era avivar las llamas, en perjuicio de aquellos que debían estar cerca del fuego, tan peligrosas eran las errantes llamas, que una multitud de hombres armados de cubos se afanaban en tratar de dominarlas, aun cuando otras aguas brotaban en chorros en cada rincón de los techos. Y en este catastrófico lugar se paseaban por todas partes caballos y bueyes, algunos dando vueltas y más vueltas, y otros arrastrando los ingenios para limpiar los suelos; realizando sus tareas con gran denuedo pero también seguidos de otro gran ejército de hombres para limpiar las suciedades de los caballos. En otro lugar vi la gran picadora de vacas estropeada, con media vaca todavía hincada y asomando por fuera de ella, y hombres con palancas intentando sacarlas de allí. Y aún en otro lugar el ingenio de continuo de troncos y leña arrojando suministro dentro de la habitación y que no podía ser detenido, de manera que en lugar de los dos hombres que llevaban los troncos al fuego como antes se acostumbraba, ahora había que emplear a diez para sacarlos. Los gritos que habíamos oído vimos ahora que los proferían unos pobres desdichados que estaban abrasándose o ahogándose o asfixiándose, y las explosiones de la pólvora que el hombre se empeñó en utilizar para prender los fuegos; y como si este estruendo no resultara suficiente, aún se combinaba con la música de sus tambores que redoblaban , aunque los que tocaban los órganos de boca creo que se habían ahogado…Como antes he descrito, las cocinas de la mansión eran un gran caos…y no creo que esto complaciera al dueño de la casa”.
DESASTRE TRAS DESASTRE
Tras todo este caos que con tanto detalle nos detalla el embajador, nuestro fracasado centra sus esfuerzos en organizar fiestas originales y llamativas y consigue permiso para organizar a su manera la boda del dueño de la casa. Para ello, concibe una replica de 60 metros de longitud de la mansión, construida toda ella con masa de pasteles y pasta de maíz y mazapán multicolor. Los invitados a la boda pasarían por las puertas de pastel, se sentarían en taburetes de pastel, frente a mesas en las que, por supuesto, comerían… pastel. Pero lo que no tuvo en cuenta nuestro fracasado es que este tipo de construcción en materiales comestibles, constituiría una atracción irresistible para todas las ratas de la ciudad. De modo que en la víspera de la boda, todo el personal de seguridad de la mansión se pasó toda la noche librando una batalla campal contra los roedores. Al amanecer, la escena de de total desolación, con todo el patio cubierto por las ruinas del pastel y decenas de empleados abriéndose camino entre migas que les llegan a la cintura para limpiar el lugar de cadáveres de ratas. Como consecuencia de ello, es preciso cambiar apresuradamente el lugar de celebración de los esponsales.
La historia de fracasos de nuestro…”fracasado””, no termina ciertamente aquí. Incluso podríamos decir que en algunos sentidos, empeora. Sin embargo, es suficiente para nuestro propósito. Y ya es el momento de indicar que nuestro fracasado no es otro que…Leonardo da Vinci, tal vez uno de los hombres más brillantes de la historia de la Humanidad.
LA FACETA OCULTA DEL GENIO
Cada uno de los episodios aquí relatados es rigurosamente biográfico y exacto. De hecho, poca gente sabe todavía que la obsesión de Leonardo eran las artes culinarias. Y está ya demostrado que, muchos de sus espléndidos dibujos diseños de ingenios y máquinas, que durante más cuatrocientos años no se supieron interpretar adecuadamente, se
correspondían con los absurdos aparatos que concibió para su utilización las cocinas del palacio de los Sforza, en Milán, donde vivió muchos años bajo el mecenazgo de Ludovico el Moro (el “millonario” de nuestro relato). Y donde ocurrieron muchas peripecias como las contadas en las líneas anteriores.
Así que nuestro fracasado sólo lo era en apariencia. Pese a su origen humilde. Pese a su obesidad infantil. Pese a sus sucesivos y estrepitosos fracasos como camarero, como cocinero, como empresario…Leonardo jamás perdió el entusiasmo. Seguramente nunca dejó de creer en sí mismo. Y el resultado de su coraje…ya es simplemente parte de la historia de la Humanidad. Y, sobre todo, es una prueba elocuente, de que no hay verdaderamente fracasados ni triunfadores. Porque, tal vez, todo sea una cuestión de simpre convicción y de fe en uno mismo. Así de sencillo.