Joludi Blog

Nov 7
Evolución cultural.
Supongamos que echamos veneno en un estanque lleno de pececitos. Morirán casi todos ellos, pero sobrevivirán algunos pocos que, por alguna casualidad genética, sean inmunes al veneno. Entonces esos pececitos supervivientes se reproducirán, y al cabo de una generación, el estanque estará lleno de pececitos que, en general, serán inmunes a nuestra sustancia venenosa.
Esto es evolución biológica. Y exige el paso de una generación a otra.
Ahora imaginemos que echamos el veneno en una casa abandonada ocupada por ratas. Morirán inicialmente algunas ratas que coman el veneno, pero las demás comprenderán pronto el peligro de la sustancia y entre la comunidad de roedores se extenderá la noticia de que hay que evitar a toda costa ingerir el nuevo veneno. Al cabo de unos días, ya no conseguiremos nada con él. Todas las ratas se habrán convertido en inmunes frente a nuestro veneno.
Esto es evolución cultural. Y no exige el paso de una generación a otra.
La evolución cultural, entre nosotros, es mucho más rápida y poderosa que la biológica. Por eso, lo que somos es sobre todo un producto de lo que es nuestra cultura, nuestra civilización. Más bien que de nuestra biología.

Evolución cultural.

Supongamos que echamos veneno en un estanque lleno de pececitos. Morirán casi todos ellos, pero sobrevivirán algunos pocos que, por alguna casualidad genética, sean inmunes al veneno. Entonces esos pececitos supervivientes se reproducirán, y al cabo de una generación, el estanque estará lleno de pececitos que, en general, serán inmunes a nuestra sustancia venenosa.

Esto es evolución biológica. Y exige el paso de una generación a otra.

Ahora imaginemos que echamos el veneno en una casa abandonada ocupada por ratas. Morirán inicialmente algunas ratas que coman el veneno, pero las demás comprenderán pronto el peligro de la sustancia y entre la comunidad de roedores se extenderá la noticia de que hay que evitar a toda costa ingerir el nuevo veneno. Al cabo de unos días, ya no conseguiremos nada con él. Todas las ratas se habrán convertido en inmunes frente a nuestro veneno.

Esto es evolución cultural. Y no exige el paso de una generación a otra.

La evolución cultural, entre nosotros, es mucho más rápida y poderosa que la biológica. Por eso, lo que somos es sobre todo un producto de lo que es nuestra cultura, nuestra civilización. Más bien que de nuestra biología.


Lo que nos hace humanos.
¿Qué nos convierte en personas humanas? Para los antropólogos no cabe duda. Consideran que un homínido era humano si pueden detectar mediante algún vestigio arquelógico o paleontológico que ese homínido realizaba algún tipo de ritos funerarios. No hay civilización si no hay enterramientos.
Es humano el ser que tiene conciencia de sí. Pero esta “conciencia de sí” tiene un terrible precio. Porque solo se obtiene con temor, ansiedad y conciencia de muerte.
El hombre es el único ser que sabe que va a morir un día, pese a provenir de antepasados que ignoraban completamente este hecho.
Los animales, ni siquiera los primates, no entienden bien lo que es la muerte (aunque existen extrañas referencias a los elefantes y su sentido de la muerte y el culto a los antepasados). Los animales sufren cuando agonizan, perciben su debilidad generalizada, pero no saben que están muriendo. Ni lo saben sus congéneres.
Cuando a una mamá chimpancé se le muere su bebé, no lo abandona inmediatamente. Sigue manteniéndolo en sus brazos durante días. Y cada cierto tiempo, trata de despertarlo. Así hasta que un día, ya no ve lo que está en sus brazos como un bebé, sino simplemente un trozo de carne. Entonces lo abandona en un rincón apartado. Para ella, su vástago no ha muerto. O no entiende que haya muerto. Ha ocurrido una transformación que ella no alcanza a entender. Tan solo eso.
Solo cuando surge la conciencia traumática de la muerte se puede hablar de auténtica humanidad. Así, la muerte va indisociablemente unida a nuestra naturaleza de hombres. Es en el momento en el que atisbamos el hecho de la muerte, es cuando comemos de esa fruta prohibida del árbol del conocimiento, cuando nos convertimos en humanos y cuando cobramos conciencia de nosotros mismos.
Nuestra vida como hombres no es más que una consecuencia de nuestra muerte. Un terrible sarcasmo.

Lo que nos hace humanos.

¿Qué nos convierte en personas humanas? Para los antropólogos no cabe duda. Consideran que un homínido era humano si pueden detectar mediante algún vestigio arquelógico o paleontológico que ese homínido realizaba algún tipo de ritos funerarios. No hay civilización si no hay enterramientos.

Es humano el ser que tiene conciencia de sí. Pero esta “conciencia de sí” tiene un terrible precio. Porque solo se obtiene con temor, ansiedad y conciencia de muerte.

El hombre es el único ser que sabe que va a morir un día, pese a provenir de antepasados que ignoraban completamente este hecho.

Los animales, ni siquiera los primates, no entienden bien lo que es la muerte (aunque existen extrañas referencias a los elefantes y su sentido de la muerte y el culto a los antepasados). Los animales sufren cuando agonizan, perciben su debilidad generalizada, pero no saben que están muriendo. Ni lo saben sus congéneres.

Cuando a una mamá chimpancé se le muere su bebé, no lo abandona inmediatamente. Sigue manteniéndolo en sus brazos durante días. Y cada cierto tiempo, trata de despertarlo. Así hasta que un día, ya no ve lo que está en sus brazos como un bebé, sino simplemente un trozo de carne. Entonces lo abandona en un rincón apartado. Para ella, su vástago no ha muerto. O no entiende que haya muerto. Ha ocurrido una transformación que ella no alcanza a entender. Tan solo eso.

Solo cuando surge la conciencia traumática de la muerte se puede hablar de auténtica humanidad. Así, la muerte va indisociablemente unida a nuestra naturaleza de hombres. Es en el momento en el que atisbamos el hecho de la muerte, es cuando comemos de esa fruta prohibida del árbol del conocimiento, cuando nos convertimos en humanos y cuando cobramos conciencia de nosotros mismos.

Nuestra vida como hombres no es más que una consecuencia de nuestra muerte. Un terrible sarcasmo.


Verdades, fractales y borrascas.
La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos. Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas. Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto. Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida. No le tomaron en serio a Richardson. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad. Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.  Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples. ¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.

Verdades, fractales y borrascas.

La sencillez es el sello de la verdad, dice el “motto” de la Universidad de Oxford. Pero también se puede pensar que el mundo es siempre mucho más complicado de lo que nos atrevemos a imaginar. Oscilamos entre los dos enfoques. A veces, hay algo que nos confirma que la verdad es simple. Otras veces, hay algo que nos dice que las cosas no son tan sencillas como pensamos.
Ahora nos llega una fascinante noticia que confirma la primera posición. Tiene que ver con las predicciones meteorológicas.
Hace 80 años, un matemático inglés, Lewis Fry Richardson, sentó las bases del arte de predecir el tiempo atmosférico. Richardson estableció las ecuaciones básicas que hoy se utilizan, con ayuda de potentísimos ordenadores para estudiar la evolución del tiempo y realizar predicciones al respecto.
Pero Richardson se murió convencido de que toda esa complejidad de las nubes y el viento era ilusoria. Algo le decía que detrás de ese infinito de complicaciones de borrascas y anticiclones existía algo sumamente simple y sencillo. Intúía que el clima podía concebirse en términos de lo que matemáticamente se denomina invariancia de escala y atisbó en relación con ello la teoría de fractales, mucho antes de que se formalizase específicamente. Las grandes isobaras que cubren el océano en los mapas del tiempo reproducirían simplemente a gran escala los cambios de presión en un remoto rincón del Atlántico, del mismo modo que la línea de costa de un continente parece reproducir a gran escala el perfil de los roquedales en la pequeña cala en una isla pérdida.
No le tomaron en serio a Richardson. Pensaron que desvariaba en su convicción de que el tiempo atmosférico, después de todo, no es más que una reproducción a gran escala, sin variaciones básicas, de procesos muy elementales que por tanto se podrían analizar con sorprendente facilidad.
Pero ahora, muchas décadas después, un equipo de investigadores han demostrado que Richardson tenía razón. Los últimos descubrimientos al respecto van a cambiar para siempre el arte de la predicción meteorológica.
Ha resultado que, al menos en meteorología, la verdad es mucho más simple de lo que pensábamos. Y resulta que pueden entenderse los cambios meteorológicos más complejos en términos de unas cuantas llamadas Leyes de Potencia razonablemente simples.
¿Estamos ante una confirmación fascinante de la idea según la cual toda verdad  debe ser simple? Puede ser. Pero mucho me temo que no tardaremos en descubrir que detrás de esta aparente sencillez, se esconde una nueva complejidad insondable. La historia de la ciencia parece indicarnos que la verdad es, después de todo, simple. Pero seguidamente nos demuestra que esa simplicidad es…sumamente compleja.


El Reino de Parolio. “Erase una vez un rey llamado Parolio. Era un rey astuto y pequeño que tenía un poder muy especial. Era el poder de hacer creer a todo el mundo que sus palabras eran verdad. Parolio era, sí, pequeño y astuto. Cuando era fuerte, reía y contaba chistes, y todos festejaban con él celebrando sus bromas. Cuando era débil, lloraba, y todos se compadecían de él y le ayudaban. Oh, qué hermoso y bueno es el Reino de Parolio, solía decir la gente después de escucharle. Un día, el rey Parolio conoció a una hermosa joven. Era una muchacha muy ingenua y muy sencilla, como todo lo que es bello. La joven se quedó prendada de las palabras de Parolio. Eran palabras que hablaban de mundos fantásticos y sueños deleitosos. Quedó inmediatamente seducida por esas imágenes que salían de la boca del rey astuto y pequeño. Las palabras de Parolio eran tan poderosas que la joven se fue olvidando por momentos de cómo era el mundo real. Y así ocurrió que llegó un día en que la joven, de tanto escuchar embelesada a Parolio, dejó de ver los colores y las formas del mundo. ¿Pero qué importancia podía tener eso si el rey Parolio tenía las palabras adecuadas que resultaban ser, según decía él, mucho mejor que las cosas mismas? Pero, algún tiempo más tarde, resultó que la joven conoció a un soldado. A la primera mirada que intercambiaron, surgió entre ambos una bella amistad. Y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Al soldado le sorprendía que la joven no supiese nada de los colores del mundo. Así que le explicaba a la joven cómo eran las hojas color vino de algunos árboles en el otoño, cómo era el brillo naranja del sol cuando se pone tras las montañas y muchas más cosas así… Parolio estaba muy irritado. No comprendía lo que que la joven veía en el soldado y en sus historias sobre el mundo y sus colores. “¿Los colores de las hojas? Yo te los puedo dar todos”, decía irritado. “¿La luz de los atardeceres? ¡Yo me encargo de ello!”, insistía con mucho enfado. “Pero ¿cuándo, Parolio, cuando? decía la joven. “¡Mañana!”, decía siempre el rey astuto y pequeño. Ocurrió entonces que el Reino de Parolio sufrió una gran calamidad. Un ejército bien armado de gentes de la montaña atravesó las fronteras del reino. Parolio intentó usar el poder de sus palabras para evitar la guerra, pero las gentes de la montaña hablan y entienden un idioma extraño y con ellos nada pudieron las palabras del rey astuto y pequeño. Tuvo lugar una batalla en la que salieron perdiendo las tropas del rey Parolio, quien huyó rápidamente en un barco hacia un lejano país.   Nuestro soldado, aunque malherido, sobrevivió. Y un buen día retornó del campo de batalla para reunirse con la joven. Decidieron irse juntos caminando por algún camino.  Era un camino cualquiera que llevaba a cualquier parte. Un camino que discurría entre hileras de hermosos árboles de hojas color del vino, iluminados por la luz mágica del atardecer, tal como la joven percibió, feliz, tan pronto dio los primeros pasos.”

El Reino de Parolio.

“Erase una vez un rey llamado Parolio. Era un rey astuto y pequeño que tenía un poder muy especial. Era el poder de hacer creer a todo el mundo que sus palabras eran verdad. Parolio era, sí, pequeño y astuto. Cuando era fuerte, reía y contaba chistes, y todos festejaban con él celebrando sus bromas. Cuando era débil, lloraba, y todos se compadecían de él y le ayudaban. Oh, qué hermoso y bueno es el Reino de Parolio, solía decir la gente después de escucharle.
Un día, el rey Parolio conoció a una hermosa joven. Era una muchacha muy ingenua y muy sencilla, como todo lo que es bello. La joven se quedó prendada de las palabras de Parolio. Eran palabras que hablaban de mundos fantásticos y sueños deleitosos. Quedó inmediatamente seducida por esas imágenes que salían de la boca del rey astuto y pequeño.
Las palabras de Parolio eran tan poderosas que la joven se fue olvidando por momentos de cómo era el mundo real. Y así ocurrió que llegó un día en que la joven, de tanto escuchar embelesada a Parolio, dejó de ver los colores y las formas del mundo. ¿Pero qué importancia podía tener eso si el rey Parolio tenía las palabras adecuadas que resultaban ser, según decía él, mucho mejor que las cosas mismas?
Pero, algún tiempo más tarde, resultó que la joven conoció a un soldado. A la primera mirada que intercambiaron, surgió entre ambos una bella amistad. Y comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Al soldado le sorprendía que la joven no supiese nada de los colores del mundo. Así que le explicaba a la joven cómo eran las hojas color vino de algunos árboles en el otoño, cómo era el brillo naranja del sol cuando se pone tras las montañas y muchas más cosas así…
Parolio estaba muy irritado. No comprendía lo que que la joven veía en el soldado y en sus historias sobre el mundo y sus colores. “¿Los colores de las hojas? Yo te los puedo dar todos”, decía irritado. “¿La luz de los atardeceres? ¡Yo me encargo de ello!”, insistía con mucho enfado. “Pero ¿cuándo, Parolio, cuando? decía la joven. “¡Mañana!”, decía siempre el rey astuto y pequeño.
Ocurrió entonces que el Reino de Parolio sufrió una gran calamidad. Un ejército bien armado de gentes de la montaña atravesó las fronteras del reino. Parolio intentó usar el poder de sus palabras para evitar la guerra, pero las gentes de la montaña hablan y entienden un idioma extraño y con ellos nada pudieron las palabras del rey astuto y pequeño. Tuvo lugar una batalla en la que salieron perdiendo las tropas del rey Parolio, quien huyó rápidamente en un barco hacia un lejano país. 
Nuestro soldado, aunque malherido, sobrevivió. Y un buen día retornó del campo de batalla para reunirse con la joven. Decidieron irse juntos caminando por algún camino.
Era un camino cualquiera que llevaba a cualquier parte. Un camino que discurría entre hileras de hermosos árboles de hojas color del vino, iluminados por la luz mágica del atardecer, tal como la joven percibió, feliz, tan pronto dio los primeros pasos.”


La constante M, el astma y el ácido fólico.Camus decía que en veinte siglos, la cantidad de mal en el mundo, no había disminuido. Se mantenía constante. Incluso un optimista metafísico como Voltaire también decía que, por mucho que nos empeñemos, cuando nos marchemos, dejaremos este mundo tan tonto y tan malvado como lo encontramos (“aussi sot e aussi méchant que nous l’avons trouvé”)
¿Podría ser cierto que existe una constante, llamémosla M, que fija el mal del mundo en un nivel determinado? ¿Sería cierto que cuando arreglamos algo estropeamos al mismo tiempo otra cosa equivalente? A nivel personal, esta Ley parece confirmarse extrañamente. Como decía mi abuela asturiana, “fiu, siempre tie c’aber algo”. Hoy he pensado en torno a esto cuando me he enterado de que la epidemia de astma en el mundo occidental tiene que ver con el abuso del ácido fólico en las mujeres embarazadas. Resulta que desde hace años se atiborra a las mujeres encintas de esta vitamina a fin de evitar malformaciones congénitas. Pero, mira por dónde, esta práctica acaba produciendo astma en las nuevas generaciones. Se ha confirmado.
En cierto modo, mi sabia abuela, que casi nunca leía en los periódicos para otra cosa que consultar pacientemente la lista de la lotería, coincidía con la idea triste del pesimista Camus. La misma idea que también intuía el optimista Voltaire. La misma idea que nos sugieren las últimas noticias sobre el ácido fólico y el boom del astma y las alergias. La constante M, podríamos llamarla.

La constante M, el astma y el ácido fólico.

Camus decía que en veinte siglos, la cantidad de mal en el mundo, no había disminuido. Se mantenía constante. Incluso un optimista metafísico como Voltaire también decía que, por mucho que nos empeñemos, cuando nos marchemos, dejaremos este mundo tan tonto y tan malvado como lo encontramos (“aussi sot e aussi méchant que nous l’avons trouvé”)

¿Podría ser cierto que existe una constante, llamémosla M, que fija el mal del mundo en un nivel determinado? ¿Sería cierto que cuando arreglamos algo estropeamos al mismo tiempo otra cosa equivalente? A nivel personal, esta Ley parece confirmarse extrañamente. Como decía mi abuela asturiana, “fiu, siempre tie c’aber algo”. Hoy he pensado en torno a esto cuando me he enterado de que la epidemia de astma en el mundo occidental tiene que ver con el abuso del ácido fólico en las mujeres embarazadas. Resulta que desde hace años se atiborra a las mujeres encintas de esta vitamina a fin de evitar malformaciones congénitas. Pero, mira por dónde, esta práctica acaba produciendo astma en las nuevas generaciones. Se ha confirmado.

En cierto modo, mi sabia abuela, que casi nunca leía en los periódicos para otra cosa que consultar pacientemente la lista de la lotería, coincidía con la idea triste del pesimista Camus. La misma idea que también intuía el optimista Voltaire. La misma idea que nos sugieren las últimas noticias sobre el ácido fólico y el boom del astma y las alergias. La constante M, podríamos llamarla.


Nov 5

Polvo en el viento.

Mi hija pequeña me ha dado a conocer un vídeo maravilloso de YouTube. Está protagonizado a una niña ucraniana pintando con arena sobre una especie de caja de luz. Es fascinante. El vídeo del año a mi modo de ver. Un universo de formas que van cambiando prodigiosamente mientras la niña genial va arrojando puñaditos de arena sobre el cristal y los convierte en formas merced a gestos rápidos y precisos. Inspiradas figuras y escenas, verdaderas obras de arte trivial, tan efímeras y frágiles como la arena de la playa. Y esto es lo que las hace aún más admirables…Una joya.


Mickey Mouse
Las noticias dicen que los de Disney van a hacer un restyling de Mickey Mouse, para hacerlo más coherente con los gustos de las nuevas generaciones.
El éxito de Mickey Mouse fue su asombroso carácter de ser humano, siendo en esencia una transformación mecánica de un simple ratón con guantes. En este sentido, con Mickey Mouse, quizá la Humanidad se entrenaba en la terrible aventura/desventura de la humanización/deshumanización. Tal vez por eso los grandes deshumanizadores como Hitler adoraban a Mickey. Y tal vez por eso fue también Mickey Mouse acogido como un símbolo del héroe revolucionario y humanista (sic) en el Moscú de los soviets, en 1937. Los nazis eran verdaderos fanáticos del personaje. Al igual que sesudos teóricos marxistas como Benjamin, que discutió mucho con Adorno sobre Mickey Mouse, se crea o no. Y en el diario de Goebbels leemos, con respecto al 20 de Diciembre de 1937 lo siguiente:
“Le he regalado al Führer por Navidad 30 flims de los últimos 4 años y 18 films de Mickey Mouse. Ya está muy excitado y muy feliz. El tesoro, esperemos, le dará mucho placer y relajación” (Im Reiche, 11)
El inmenso éxito de Mickey tuvo tal vez relación con su capacidad de conectar con un arquetipo universal, el mismo arquetipo que los Hermanos Grimm popularizaron en el cuento individualista por excelencia del Niño que Abandonó su Casa para conocer el Significado del Miedo. Y en el Sigfrido de Wagner. Ambos representantes del modelo no tardarían en chocar.
En todo caso, ahora, parece ser que esa prodigiosa humanidad de Mickey Mouse ya no sirve.
Su razón de ser era que el público se reconocía misteriosamente en ese ratón humanoide sin miedo ni aprensión por nada.
Pero mientras el ratón ha permanecido impávido, fiel a sí mismo, el mundo parece haber cambiado radicalmente. Se impone entonces una nueva versión. Hacen falta algunas sombras, algo de ansiedad, un poco de miedo, frialdad tal vez. Solo así Mickey seguirá haciendo posible el milagro de la identificación colectiva. Tal como es ahora, no pertenece a este mundo postbélico.

Mickey Mouse

Las noticias dicen que los de Disney van a hacer un restyling de Mickey Mouse, para hacerlo más coherente con los gustos de las nuevas generaciones.

El éxito de Mickey Mouse fue su asombroso carácter de ser humano, siendo en esencia una transformación mecánica de un simple ratón con guantes. En este sentido, con Mickey Mouse, quizá la Humanidad se entrenaba en la terrible aventura/desventura de la humanización/deshumanización. Tal vez por eso los grandes deshumanizadores como Hitler adoraban a Mickey. Y tal vez por eso fue también Mickey Mouse acogido como un símbolo del héroe revolucionario y humanista (sic) en el Moscú de los soviets, en 1937. Los nazis eran verdaderos fanáticos del personaje. Al igual que sesudos teóricos marxistas como Benjamin, que discutió mucho con Adorno sobre Mickey Mouse, se crea o no. Y en el diario de Goebbels leemos, con respecto al 20 de Diciembre de 1937 lo siguiente:

Le he regalado al Führer por Navidad 30 flims de los últimos 4 años y 18 films de Mickey Mouse. Ya está muy excitado y muy feliz. El tesoro, esperemos, le dará mucho placer y relajación” (Im Reiche, 11)

El inmenso éxito de Mickey tuvo tal vez relación con su capacidad de conectar con un arquetipo universal, el mismo arquetipo que los Hermanos Grimm popularizaron en el cuento individualista por excelencia del Niño que Abandonó su Casa para conocer el Significado del Miedo. Y en el Sigfrido de Wagner. Ambos representantes del modelo no tardarían en chocar.

En todo caso, ahora, parece ser que esa prodigiosa humanidad de Mickey Mouse ya no sirve.

Su razón de ser era que el público se reconocía misteriosamente en ese ratón humanoide sin miedo ni aprensión por nada.

Pero mientras el ratón ha permanecido impávido, fiel a sí mismo, el mundo parece haber cambiado radicalmente. Se impone entonces una nueva versión. Hacen falta algunas sombras, algo de ansiedad, un poco de miedo, frialdad tal vez. Solo así Mickey seguirá haciendo posible el milagro de la identificación colectiva. Tal como es ahora, no pertenece a este mundo postbélico.


Gran Viento, Espíritu Maligno.Hay mucho viento en la Sierra durante estos días. Y me produce dolor de cabeza. Hay alerta naranja en el norte del país por temporal. Con olas de seis metros en el cantábrico y viento de 100 kms. por hora en La Coruña.
La verdad es que estamos en plena temporada de huracanes en el hemisferio norte.
Es una buena ocasión para recordar que la palabra huracán es una de las poquísimas palabras de nuestro lenguaje importadas del lenguaje primitivo de los indios del caribe (del “arawakan”, para ser exactos).
Huracán significaba en arawakan “espíritu maligno”.
El viento puede ser mágico. Pero el gran viento es maligno.
En las lenguas clásicas no hay rastro de esta palabra, como es lógico. Los griegos llamaban al huracán “tifón”, tomando la palabra de algún término indoeuropeo desconocido que a su vez derivó sin duda del chino “daifong”, gran viento.
Un caso curioso de una palabra que, como un huracán, pasó desde el lejano oriente hasta el Mediterráneo.

Gran Viento, Espíritu Maligno.

Hay mucho viento en la Sierra durante estos días. Y me produce dolor de cabeza. Hay alerta naranja en el norte del país por temporal. Con olas de seis metros en el cantábrico y viento de 100 kms. por hora en La Coruña.

La verdad es que estamos en plena temporada de huracanes en el hemisferio norte.

Es una buena ocasión para recordar que la palabra huracán es una de las poquísimas palabras de nuestro lenguaje importadas del lenguaje primitivo de los indios del caribe (del “arawakan”, para ser exactos).

Huracán significaba en arawakan “espíritu maligno”.

El viento puede ser mágico. Pero el gran viento es maligno.

En las lenguas clásicas no hay rastro de esta palabra, como es lógico. Los griegos llamaban al huracán “tifón”, tomando la palabra de algún término indoeuropeo desconocido que a su vez derivó sin duda del chino “daifong”, gran viento.

Un caso curioso de una palabra que, como un huracán, pasó desde el lejano oriente hasta el Mediterráneo.


Inteligencia tonta.
Reordenando mi librería, encuentro unos viejos libros sobre tests de inteligencia. “Mida usted mismo su cociente intelectual”, “Como hacer un test de inteligencia” y cosas así. Ya no me acordaba de estos libros. Hojeo las páginas y me parece todo antiquísimo. Variaciones de monigotes que en teoría responden a alguna pauta lógica. Círculitos con letras. Sucesiones de números. Líneas y dados, sucesiones de gráficos…Y viéndolo, digo yo, ¿qué diablos debe tener que ver todo esto con la habilidad para saber qué cosas hay que comer, cómo hay que cuidar la salud, dónde hay que invertir el dinero, con quíen hay que relacionarse, cómo aprovechar bien el tiempo, como resolver los conflictos personales y otros asuntos similares que son los que parecen definir la verdadera inteligencia?
¿Por qué los test de inteligencia parecen ser tan rematadamente tontos?

Inteligencia tonta.

Reordenando mi librería, encuentro unos viejos libros sobre tests de inteligencia. “Mida usted mismo su cociente intelectual”, “Como hacer un test de inteligencia” y cosas así. Ya no me acordaba de estos libros. Hojeo las páginas y me parece todo antiquísimo. Variaciones de monigotes que en teoría responden a alguna pauta lógica. Círculitos con letras. Sucesiones de números. Líneas y dados, sucesiones de gráficos…Y viéndolo, digo yo, ¿qué diablos debe tener que ver todo esto con la habilidad para saber qué cosas hay que comer, cómo hay que cuidar la salud, dónde hay que invertir el dinero, con quíen hay que relacionarse, cómo aprovechar bien el tiempo, como resolver los conflictos personales y otros asuntos similares que son los que parecen definir la verdadera inteligencia?

¿Por qué los test de inteligencia parecen ser tan rematadamente tontos?


La vida soñada de los pingüinos.¿Sueñan los animales? Parece que sí.Se ha podido constatar experimentalmente que los gatos sueñan, e incluso que realizan movimientos musculares similares a los de la caza durante sus experiencias oníricas. Esto tiene lógica. Pero más allá de esto sabemos muy poco. Somos seres visuales y nuestros sueños son plásticos. Quién sabe lo que sueñan unas criaturas tan diferentes de nosotros.Lo que es indudable es que los mamíferos sueñan. Pero ¿por qué sueñan? La postura dominante es que los primeros mamíferos, generalmente nocturnos, necesitaban estar alerta, con la mente en funcionamiento, mientras dormían. Solo así podrían reaccionar rápidamente en caso de peligro. Un caballo de hace millones de años, soñaba todo el tiempo mientras dormía (y lo hacía de pie, como ahora, gracias a un pequeño milagro de sus articulaciones) a fin de estar listo para escapar con efectividad a la primera señal de peligro. El sueño con actividad onírica creativa nos sitúa en mejor posición para reaccionar que el sueño profundo, sin actividad onírica.También se piensa que el sueño permite la repetición de comportamientos sistemáticos de la especie. Los mamíferos fortalecían durante la noche sus comportamientos grupales. De algún modo, creaban una “cultura” propia durante la noche. Incidentalmente, ahora se está demostrando que también los hombres utilizamos los sueños para fijar lo que hemos aprendido durante el día.Y no solo los mamíferos. Se sabe que los pájaros repiten sus cantos durante el sueño. Se han registrado sus ondas cerebrales mientras dormían y se ha comprobado que son enteramente similares a las que emiten cuando vocalizan.También se sabe que algunas aves de gran tamaño, sueñan mucho. Por ejemplo, el pingüino tiene actividad onírica durante un 7% del tiempo que duerme, en comparación con el 2% de la golondrina.Yo entiendo bien que el pingüino sueñe mucho. En la realidad debe estarmuy frustrado por no poder volar. Pero en sus sueños, la gravedad no existe. De hecho, buena parte de sus sueños tienen lugar mientras flota en el agua.He ahí otra hipótesis para justificar el porqué de los sueños. Los sueños hacen de nosotros, torpes pingüinos, golondrinas por horas.

La vida soñada de los pingüinos.

¿Sueñan los animales? Parece que sí.
Se ha podido constatar experimentalmente que los gatos sueñan, e incluso que realizan movimientos musculares similares a los de la caza durante sus experiencias oníricas. Esto tiene lógica. Pero más allá de esto sabemos muy poco. Somos seres visuales y nuestros sueños son plásticos. Quién sabe lo que sueñan unas criaturas tan diferentes de nosotros.
Lo que es indudable es que los mamíferos sueñan. Pero ¿por qué sueñan? La postura dominante es que los primeros mamíferos, generalmente nocturnos, necesitaban estar alerta, con la mente en funcionamiento, mientras dormían. Solo así podrían reaccionar rápidamente en caso de peligro. Un caballo de hace millones de años, soñaba todo el tiempo mientras dormía (y lo hacía de pie, como ahora, gracias a un pequeño milagro de sus articulaciones) a fin de estar listo para escapar con efectividad a la primera señal de peligro. El sueño con actividad onírica creativa nos sitúa en mejor posición para reaccionar que el sueño profundo, sin actividad onírica.
También se piensa que el sueño permite la repetición de comportamientos sistemáticos de la especie. Los mamíferos fortalecían durante la noche sus comportamientos grupales. De algún modo, creaban una “cultura” propia durante la noche. Incidentalmente, ahora se está demostrando que también los hombres utilizamos los sueños para fijar lo que hemos aprendido durante el día.
Y no solo los mamíferos. Se sabe que los pájaros repiten sus cantos durante el sueño. Se han registrado sus ondas cerebrales mientras dormían y se ha comprobado que son enteramente similares a las que emiten cuando vocalizan.
También se sabe que algunas aves de gran tamaño, sueñan mucho. Por ejemplo, el pingüino tiene actividad onírica durante un 7% del tiempo que duerme, en comparación con el 2% de la golondrina.
Yo entiendo bien que el pingüino sueñe mucho. En la realidad debe estarmuy frustrado por no poder volar. Pero en sus sueños, la gravedad no existe. De hecho, buena parte de sus sueños tienen lugar mientras flota en el agua.
He ahí otra hipótesis para justificar el porqué de los sueños.
Los sueños hacen de nosotros, torpes pingüinos, golondrinas por horas.


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