Joludi Blog

Jan 28
Nuestro paso por el mundo.
Toma un cronómetro y ponlo en marcha. Trata de pararlo cuando creas que han transcurrido diez segundos. Lo más posible es que solo te hayas equivocado en muy poco. Tal vez uno o dos segundos. Esto, que hacemos como si nada, a mí me parece una hazaña prodigiosa. ¿Dónde reside nuestro sensor del tiempo? ¿Qué órgano tenemos para darnos cuenta del paso de los segundos, los minutos, las horas, con tan sorprendente precisión? ¿En qué lugar de nuestro cerebro disponemos de un reloj interior? Tal vez en todas partes y en ninguna parte. Tal vez la conciencia como tal sea esencialmente la percepción del tiempo. Y no otra cosa. Por eso no podemos concebir la ausencia de tiempo. Porque en ese momento dejamos de ser conscientes. Esto explica que los enigmas relacionados con el tiempo sean los más insondables de todos, siendo así que el tiempo es también lo más ordinario, lo más inherente a nuestra forma de entender el mundo. Paradoja suprema. Anteayer pensé en todo eso mientras asistía en el teatro a la célebre obra de Priestley  que trata sobre el Tiempo, la insensatez, la decadencia personal y colectiva, y los sueños fatalmente rotos. Es una obra que parece inspirada en las extrañas teorías de Dunne, según las cuales las cosas no acontecen, sino que son. Seríamos nosotros, o sea nuestra conciencia, los únicos que acontecemos, en medio de un mundo inmutable. Cada instante de nuestras vidas sería un fotograma de un film. Y cada fotograma estaría perviviendo eternamente, más allá de lo que nosotros creamos ver por mor del engaño de nuestra conciencia.
Esto, antes que Dunne y los físicos cuánticos, ya lo había intuido Blake, el poeta que veía el Mundo en un Grano de Arena y sentía la Eternidad en una Hora. A Blake le cita precisamente uno de los Comway en una escena maravillosa que da sentido a toda la pieza: “…el hombre fue creado para la alegría y la amargura, y ambas forman un manto finamente tejido que envuelve nuestras vidas; bajo cada pena y padecimiento discurre un júbilo de hilo de seda, y cuando sabemos esto rectamente, es más llevadero nuestro paso por el mundo…” 

Nuestro paso por el mundo.

Toma un cronómetro y ponlo en marcha. Trata de pararlo cuando creas que han transcurrido diez segundos. Lo más posible es que solo te hayas equivocado en muy poco. Tal vez uno o dos segundos. Esto, que hacemos como si nada, a mí me parece una hazaña prodigiosa. ¿Dónde reside nuestro sensor del tiempo? ¿Qué órgano tenemos para darnos cuenta del paso de los segundos, los minutos, las horas, con tan sorprendente precisión? ¿En qué lugar de nuestro cerebro disponemos de un reloj interior? Tal vez en todas partes y en ninguna parte. Tal vez la conciencia como tal sea esencialmente la percepción del tiempo. Y no otra cosa. Por eso no podemos concebir la ausencia de tiempo. Porque en ese momento dejamos de ser conscientes. Esto explica que los enigmas relacionados con el tiempo sean los más insondables de todos, siendo así que el tiempo es también lo más ordinario, lo más inherente a nuestra forma de entender el mundo. Paradoja suprema. Anteayer pensé en todo eso mientras asistía en el teatro a la célebre obra de Priestley  que trata sobre el Tiempo, la insensatez, la decadencia personal y colectiva, y los sueños fatalmente rotos. Es una obra que parece inspirada en las extrañas teorías de Dunne, según las cuales las cosas no acontecen, sino que son. Seríamos nosotros, o sea nuestra conciencia, los únicos que acontecemos, en medio de un mundo inmutable. Cada instante de nuestras vidas sería un fotograma de un film. Y cada fotograma estaría perviviendo eternamente, más allá de lo que nosotros creamos ver por mor del engaño de nuestra conciencia.

Esto, antes que Dunne y los físicos cuánticos, ya lo había intuido Blake, el poeta que veía el Mundo en un Grano de Arena y sentía la Eternidad en una Hora. A Blake le cita precisamente uno de los Comway en una escena maravillosa que da sentido a toda la pieza: “…el hombre fue creado para la alegría y la amargura, y ambas forman un manto finamente tejido que envuelve nuestras vidas; bajo cada pena y padecimiento discurre un júbilo de hilo de seda, y cuando sabemos esto rectamente, es más llevadero nuestro paso por el mundo…” 


Galera y Carriera.
“A rubar poco si va in galera. A rubar tanto si fa carriera”. Me encanta este proverbio italiano. No hace falta traducirlo. Se entiende en todas partes.

Galera y Carriera.

“A rubar poco si va in galera. A rubar tanto si fa carriera”. Me encanta este proverbio italiano. No hace falta traducirlo. Se entiende en todas partes.


Libertad.
Libertad y libro son dos palabras parecidas. Y en latín lo son aún más (liber, libertas). No tienen mucho que ver etimológicamente, pues mientras que libro nos lleva a la corteza del árbol (lepos) libertad proviene de otro término griego muy diferente que sugiere un poder ir y venir a nuestro antojo (eleutheros, leutheros, leupheros, luberus…). Pero si no hay relación etimológica si la hay conceptual. Los libros nos hacen libres. Hacen habitable el mundo (Sartre definía primeramente, en La Nausea, el infierno como un lugar sin libros; il y a des livres ici? le pregunta Garcin al Garçon. La respuesta es no.). Por eso toda tiranía histórica siempre empezó sus infiernos con la quema de volúmenes. Y siguió siendo así hasta nuestros días (Berlín, Nuremberg, Santiago, Buenos Aires, Pekín, Irán…). Ahora arden pocos, pero surgen amenazas parecidas. Los incendiarios liberticidas se han modernizado. Amordazar, censurar internet o amenazar con hacerlo, es la forma contemporánea de alimentar aquellas hogueras…Las mismas hogueras.

Libertad.

Libertad y libro son dos palabras parecidas. Y en latín lo son aún más (liber, libertas). No tienen mucho que ver etimológicamente, pues mientras que libro nos lleva a la corteza del árbol (lepos) libertad proviene de otro término griego muy diferente que sugiere un poder ir y venir a nuestro antojo (eleutheros, leutheros, leupheros, luberus…). Pero si no hay relación etimológica si la hay conceptual. Los libros nos hacen libres. Hacen habitable el mundo (Sartre definía primeramente, en La Nausea, el infierno como un lugar sin libros; il y a des livres ici? le pregunta Garcin al Garçon. La respuesta es no.). Por eso toda tiranía histórica siempre empezó sus infiernos con la quema de volúmenes. Y siguió siendo así hasta nuestros días (Berlín, Nuremberg, Santiago, Buenos Aires, Pekín, Irán…). Ahora arden pocos, pero surgen amenazas parecidas. Los incendiarios liberticidas se han modernizado. Amordazar, censurar internet o amenazar con hacerlo, es la forma contemporánea de alimentar aquellas hogueras…Las mismas hogueras.


Los Náufragos del Batavia.
De igual modo que en la guerra la primera baja es la verdad, en los naufragios, lo primero que se suele hundir es la solidaridad. Así parece que ocurrió en el Concordia, haciendo poco honor a su nombre, que siguió en esto los pasos discordes del Titanic. Lo de menos es la cobardía digna de psicoanálisis de Schetino y su aparente midlife crisis (lo primero que hizo al llegar a tierra firme fue llamar a la mama; un psicoanalista nos diría que el barco lo hundió a propósito, proyectando su pulsión de muerte). Lo importante es el caos moral que según parece vivieron los náufragos, la falta brutal de orden y respeto por las habituales prioridades (niños, mujeres, ancianos…), el feroz sálvese quien pueda. 
El mar, como nos dice el verso de Ifigenia en Táuride, debería lavar todos los crímenes, thalassa kluzei panta tanthropon kaká. Pero, ay, a menudo no hace sino sacarlos a la superficie. 
Así ha ocurrido, nos dicen, junto al islote de Giglio, sobre la cubierta del megacrucero. Y así ocurrió en el archipiélago coralino de Abrolhos, hace tres siglos y medio, donde zozobró el Batavia, uno de los naufragios más terribles y significativos de la historia de la navegación marítima. Simon Leys lo ha contado admirablemente en un pequeño librito recién publicado, qué oportunos los editores de Acantilado.
El Batavia, orgullo de la Compañía Holandesa, encalló en su “maiden trip”, como el Titanic, en un arrecife, muy cerca de las costas australianas. Su capitán, como Schettino, se fugó a toda prisa en una chalupa (y llegó a Yakarta, donde fue ajusticiado apropiadamente). 
Los más de de 300 pasajeros, incluidos muchos niños y mujeres, consiguieron ganar la playa cercana de uno de los arrecifes desiertos, habitados  por canguros enanos y con suficiente provisión de agua pluvial. 
En aquel suceso del Batavia, que ha podido inspirar a Golding o a los guionistas de Lost, el mal afloró en toda su dimensión, como pocas veces lo ha hecho en la historia de la Humanidad. Uno de los náufragos, un psicópata fanático, dominante por naturaleza e infinitamente cruel, consiguió hacerse con el poder y convertir la isla en un terrible campo de concentración. Implantó, con ayuda de compinches bien armados, un régimen de terror implacable, ejecutando sumariamente a todo aquel que osaba oponerse a sus deseos. Convirtió a los hombres en esclavos asustados o colaboradores de sus crímenes y a las mujeres en concubinas. Y consiguió hacer de la isla en un infernal experimento sociológico que solo concluyó cuando un barco fletado para el rescate consiguió milagrosamente llegar hasta aquellas aguas para liberar a los centenares de infelices que sobrevivieron al diabólico tirano.
Edmund Burke dejó dicho aquello tan bonito de que para que el mal triunfe solo es necesario que la buena gente no actúe. 
Pero también, ay, se podría decir, a la luz de lo que ocurre en los Batavia, en los Titanic o en los Concordia, que, a menudo, para que la gente deje de ser buena, tan solo es preciso, únicamente basta, que el Mal actúe…

Los Náufragos del Batavia.

De igual modo que en la guerra la primera baja es la verdad, en los naufragios, lo primero que se suele hundir es la solidaridad. Así parece que ocurrió en el Concordia, haciendo poco honor a su nombre, que siguió en esto los pasos discordes del Titanic. Lo de menos es la cobardía digna de psicoanálisis de Schetino y su aparente midlife crisis (lo primero que hizo al llegar a tierra firme fue llamar a la mama; un psicoanalista nos diría que el barco lo hundió a propósito, proyectando su pulsión de muerte). Lo importante es el caos moral que según parece vivieron los náufragos, la falta brutal de orden y respeto por las habituales prioridades (niños, mujeres, ancianos…), el feroz sálvese quien pueda. 

El mar, como nos dice el verso de Ifigenia en Táuride, debería lavar todos los crímenes, thalassa kluzei panta tanthropon kaká. Pero, ay, a menudo no hace sino sacarlos a la superficie. 

Así ha ocurrido, nos dicen, junto al islote de Giglio, sobre la cubierta del megacrucero. Y así ocurrió en el archipiélago coralino de Abrolhos, hace tres siglos y medio, donde zozobró el Batavia, uno de los naufragios más terribles y significativos de la historia de la navegación marítima. Simon Leys lo ha contado admirablemente en un pequeño librito recién publicado, qué oportunos los editores de Acantilado.

El Batavia, orgullo de la Compañía Holandesa, encalló en su “maiden trip”, como el Titanic, en un arrecife, muy cerca de las costas australianas. Su capitán, como Schettino, se fugó a toda prisa en una chalupa (y llegó a Yakarta, donde fue ajusticiado apropiadamente). 

Los más de de 300 pasajeros, incluidos muchos niños y mujeres, consiguieron ganar la playa cercana de uno de los arrecifes desiertos, habitados  por canguros enanos y con suficiente provisión de agua pluvial. 

En aquel suceso del Batavia, que ha podido inspirar a Golding o a los guionistas de Lost, el mal afloró en toda su dimensión, como pocas veces lo ha hecho en la historia de la Humanidad. Uno de los náufragos, un psicópata fanático, dominante por naturaleza e infinitamente cruel, consiguió hacerse con el poder y convertir la isla en un terrible campo de concentración. Implantó, con ayuda de compinches bien armados, un régimen de terror implacable, ejecutando sumariamente a todo aquel que osaba oponerse a sus deseos. Convirtió a los hombres en esclavos asustados o colaboradores de sus crímenes y a las mujeres en concubinas. Y consiguió hacer de la isla en un infernal experimento sociológico que solo concluyó cuando un barco fletado para el rescate consiguió milagrosamente llegar hasta aquellas aguas para liberar a los centenares de infelices que sobrevivieron al diabólico tirano.

Edmund Burke dejó dicho aquello tan bonito de que para que el mal triunfe solo es necesario que la buena gente no actúe. 

Pero también, ay, se podría decir, a la luz de lo que ocurre en los Batavia, en los Titanic o en los Concordia, que, a menudo, para que la gente deje de ser buena, tan solo es preciso, únicamente basta, que el Mal actúe…


Jan 26
Toma, come, triunfa…
Marta me preguntó el otro día en qué consistía el asunto del 0,7% . Yo me limité a leerle un fragmento delicioso del Lazarillo de Tormes. Es aquel en el que Lázaro nos explica lo sumamente miserable que era su segundo amo, el cura, que era aún mucho peor y más ruin si cabe (que siempre cabe, como muestra la obra) que el ciego, y que se limitaba a darle una cebolla cada cuatro días como único sustento. Eso sí, mientras él comía y cenaba de ordinario sus pertinentes cinco blancas de carne. Eso los días de diario, porque los sábados el clérigo tenía por costumbre comerse una cabeza de carnero. Y, a su modo, esa cabeza la compartía con Lázaro, que nos da cuenta de manera genial de la forma en que el preste aplicaba su peculiar 0,7%:
“Los sábados cómense en esas tierras cabezas de carnero y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquélla la cocía, y comía los ojos y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato diciendo: “Toma, come, triunfa, que para tí es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa.”

Toma, come, triunfa…

Marta me preguntó el otro día en qué consistía el asunto del 0,7% . Yo me limité a leerle un fragmento delicioso del Lazarillo de Tormes. Es aquel en el que Lázaro nos explica lo sumamente miserable que era su segundo amo, el cura, que era aún mucho peor y más ruin si cabe (que siempre cabe, como muestra la obra) que el ciego, y que se limitaba a darle una cebolla cada cuatro días como único sustento. Eso sí, mientras él comía y cenaba de ordinario sus pertinentes cinco blancas de carne. Eso los días de diario, porque los sábados el clérigo tenía por costumbre comerse una cabeza de carnero. Y, a su modo, esa cabeza la compartía con Lázaro, que nos da cuenta de manera genial de la forma en que el preste aplicaba su peculiar 0,7%:

“Los sábados cómense en esas tierras cabezas de carnero y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquélla la cocía, y comía los ojos y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato diciendo: “Toma, come, triunfa, que para tí es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa.”


Esa banda de parásitos con su fabuloso poder.
Parece que la producción industrial se va a hundir este año en España por culpa de las tormentas financieras. La espantosa previsión que se maneja estos días es un dato que obliga a recordar una vez más las palabras de ese viejo barbudo que ya parecía casi cancelado y que estaba convencido de que el capitalismo financiero feroz sería la última fase de esta forma de organización económica, antes de que llegue a su propia autodestrucción. En el volumen III de la famosa obra del citado barbudo semi-olvidado leemos algo que está escrito por él hace casi siglo y medio (!) : 
“El sistema financiero, que tiene su foco en los así llamados bancos centrales y en los grandes prestadores de dinero y sus adláteres, constituye una enorme centralización y otorga a esta clase de parásitos un fabuloso poder, no solo para despojar periódicamente a los propietarios de industrias, sino también para interferir en la producción real de la más peligrosa manera. Y esta banda no tiene la más remota idea sobre producción industrial y no tiene nada que ver con ella.”

Esa banda de parásitos con su fabuloso poder.

Parece que la producción industrial se va a hundir este año en España por culpa de las tormentas financieras. La espantosa previsión que se maneja estos días es un dato que obliga a recordar una vez más las palabras de ese viejo barbudo que ya parecía casi cancelado y que estaba convencido de que el capitalismo financiero feroz sería la última fase de esta forma de organización económica, antes de que llegue a su propia autodestrucción. En el volumen III de la famosa obra del citado barbudo semi-olvidado leemos algo que está escrito por él hace casi siglo y medio (!) : 

“El sistema financiero, que tiene su foco en los así llamados bancos centrales y en los grandes prestadores de dinero y sus adláteres, constituye una enorme centralización y otorga a esta clase de parásitos un fabuloso poder, no solo para despojar periódicamente a los propietarios de industrias, sino también para interferir en la producción real de la más peligrosa manera. Y esta banda no tiene la más remota idea sobre producción industrial y no tiene nada que ver con ella.”


Jan 24
Olivares
Cuando la Corona española perdió Portugal en 1640, como consecuencia del reticente “paso al enemigo” del paniaguado y riquísimo Duque de Braganza, Olivares le dio la noticia a Felipe IV de manera harto chusca. “Majestad, tengo una buenísima noticia, hemos perdido Portugal”.
Ante la extrañeza del monarca, el valido explicó que la pérdida se debía a la defección de Braganza, y que como este era tan rico, y le tendrían que cortar la cabeza, su inmensa fortuna acabaría en las arcas reales. Esa era la buena noticia. El rey abúlico, que era imbécil pero no tonto, mostró su escepticismo. Se dice que incluso intentó vender, como futuro, el botín de Braganza a alguno de sus pares. Nadie aceptó el trato. Con muy buen criterio se burlaron de las fanfarronadas de Olivares.
Hay que ver los cretinos que nos han venido gobernando.

Olivares

Cuando la Corona española perdió Portugal en 1640, como consecuencia del reticente “paso al enemigo” del paniaguado y riquísimo Duque de Braganza, Olivares le dio la noticia a Felipe IV de manera harto chusca. “Majestad, tengo una buenísima noticia, hemos perdido Portugal”.

Ante la extrañeza del monarca, el valido explicó que la pérdida se debía a la defección de Braganza, y que como este era tan rico, y le tendrían que cortar la cabeza, su inmensa fortuna acabaría en las arcas reales. Esa era la buena noticia. El rey abúlico, que era imbécil pero no tonto, mostró su escepticismo. Se dice que incluso intentó vender, como futuro, el botín de Braganza a alguno de sus pares. Nadie aceptó el trato. Con muy buen criterio se burlaron de las fanfarronadas de Olivares.

Hay que ver los cretinos que nos han venido gobernando.


Companys
Para taparle la boca al General Fanjul (diputado por Cuenca), que en sede parlamentaria acusaba de traidores a los de la minoría catalana, Companys profirió inesperadamente desde su escaño un sonoro “viva España”, con inequívoco acento catalán. Es grito que ahora vemos que adquiere cierto protagonismo con ocasion de la lucha feroz entre los aspirantes a repartirse los restos del naufragio socialista. Por eso me extraña que no se haya recordado estos días esta fascinante anécdota parlamentaria del que en 1934 proclamaba el “estat catalá en la Republica Federal espanyola” y que dejó dicho aquello de “on la llibertat viu, allí es la meva patria…”
Companys sí que fue un hombre de bien. Y en estos días de inmerecidos, lacerantes y vomitivos elogios fúnebres, a mí me apetece oportuno citar sus hermosas últimas palabras, la víspera de su ejecución: “A mi querida esposa, Carmen Ballester de Companys..esposa mía, la más buena y querida de las esposas, te escribo en vísperas del Consejo de Guerra, me siento sereno y tranquilo, es Dios quien ha puesto las cosas y las decisiones para darme este destino, no aceptes pues condolencias ni llores, levanta la cabeza, esta muerte que afrontaré plácida y serenamente dignifica…vida mía, moriré amándote, tu retrato lo llevaré conmigo y el último pensamiento será para tí, para mis hijos, con el amor por Cataluña. Te besa tu esposo Lluis.”

Companys

Para taparle la boca al General Fanjul (diputado por Cuenca), que en sede parlamentaria acusaba de traidores a los de la minoría catalana, Companys profirió inesperadamente desde su escaño un sonoro “viva España”, con inequívoco acento catalán. Es grito que ahora vemos que adquiere cierto protagonismo con ocasion de la lucha feroz entre los aspirantes a repartirse los restos del naufragio socialista. Por eso me extraña que no se haya recordado estos días esta fascinante anécdota parlamentaria del que en 1934 proclamaba el “estat catalá en la Republica Federal espanyola” y que dejó dicho aquello de “on la llibertat viu, allí es la meva patria…”

Companys sí que fue un hombre de bien. Y en estos días de inmerecidos, lacerantes y vomitivos elogios fúnebres, a mí me apetece oportuno citar sus hermosas últimas palabras, la víspera de su ejecución: “A mi querida esposa, Carmen Ballester de Companys..esposa mía, la más buena y querida de las esposas, te escribo en vísperas del Consejo de Guerra, me siento sereno y tranquilo, es Dios quien ha puesto las cosas y las decisiones para darme este destino, no aceptes pues condolencias ni llores, levanta la cabeza, esta muerte que afrontaré plácida y serenamente dignifica…vida mía, moriré amándote, tu retrato lo llevaré conmigo y el último pensamiento será para tí, para mis hijos, con el amor por Cataluña. Te besa tu esposo Lluis.”


Armenia
Armenia tiene menos habitantes que la ciudad de Madrid pero es una potencia mundial en ajedrez, no superada por más de cuatro o cinco países del planeta. Desde su independencia, en 1991, han surgido en Armenia nada menos que 26 grandes maestros, casi todos con nombres terminados en “an” (Vaganian, Aronian, Akopian…) que han seguido la estela de su compatriota, el legendario campeón mundial Petrosian (georgiano de nacimiento, sin embargo). Incluso Kasparov era armenio por parte de su madre, que se llamaba Kasparian.
¿Cómo es posible? La clave es la educación, no los genes. En las escuelas armenias, el ajedrez es una asignatura importante. Se dedican importantes recursos públicos para financiar la Academia Nacional de Ajedrez, publicar libros, promover campeonatos, formar instructores…Todo ello está movido no solo por la convicción de que aprender ajedrez puede ser beneficioso para el desarrollo del escolar, sino por una especie de desafío colectivo por darle la réplica al vecino ruso, superándole en su más genuina especialidad.
Lo de menos es saber si realmente es útil la formación ajedrecística de los armenios. Lo esencial es comprender que los únicos milagros que conocemos son los que se derivan de la educación.

Armenia

Armenia tiene menos habitantes que la ciudad de Madrid pero es una potencia mundial en ajedrez, no superada por más de cuatro o cinco países del planeta. Desde su independencia, en 1991, han surgido en Armenia nada menos que 26 grandes maestros, casi todos con nombres terminados en “an” (Vaganian, Aronian, Akopian…) que han seguido la estela de su compatriota, el legendario campeón mundial Petrosian (georgiano de nacimiento, sin embargo). Incluso Kasparov era armenio por parte de su madre, que se llamaba Kasparian.

¿Cómo es posible? La clave es la educación, no los genes. En las escuelas armenias, el ajedrez es una asignatura importante. Se dedican importantes recursos públicos para financiar la Academia Nacional de Ajedrez, publicar libros, promover campeonatos, formar instructores…Todo ello está movido no solo por la convicción de que aprender ajedrez puede ser beneficioso para el desarrollo del escolar, sino por una especie de desafío colectivo por darle la réplica al vecino ruso, superándole en su más genuina especialidad.

Lo de menos es saber si realmente es útil la formación ajedrecística de los armenios. Lo esencial es comprender que los únicos milagros que conocemos son los que se derivan de la educación.


Reina
Todas las abejas de una colmena comparten un idéntico genoma. Sin embargo su destino es diferente. La reina será dos veces más grande que las obreras, y se limitará a poner huevos mientras aquellas trabajan de forma incansable.
La clave del diferente destino es el ambiente. De un modo más preciso, la alimentación. La que luego será reina lo será porque se ha alimentado de jalea real (que inhibe una enzima, la metiltransferasa, y hace posible con ello la prodigiosa transformación).
La clave pues, en la colmena, no es la genética, sino la epigenética. No son los genes los que determinan las condiciones de vida de la abeja, sino mas bien al revés.
Nacer, lo que se dice nacer, se nace igual. La educación (o el ambiente, si lo prefieres), parece serlo todo.

Reina

Todas las abejas de una colmena comparten un idéntico genoma. Sin embargo su destino es diferente. La reina será dos veces más grande que las obreras, y se limitará a poner huevos mientras aquellas trabajan de forma incansable.

La clave del diferente destino es el ambiente. De un modo más preciso, la alimentación. La que luego será reina lo será porque se ha alimentado de jalea real (que inhibe una enzima, la metiltransferasa, y hace posible con ello la prodigiosa transformación).

La clave pues, en la colmena, no es la genética, sino la epigenética. No son los genes los que determinan las condiciones de vida de la abeja, sino mas bien al revés.

Nacer, lo que se dice nacer, se nace igual. La educación (o el ambiente, si lo prefieres), parece serlo todo.


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