Nuestro paso por el mundo.
Toma un cronómetro y ponlo en marcha. Trata de pararlo cuando creas que han transcurrido diez segundos. Lo más posible es que solo te hayas equivocado en muy poco. Tal vez uno o dos segundos. Esto, que hacemos como si nada, a mí me parece una hazaña prodigiosa. ¿Dónde reside nuestro sensor del tiempo? ¿Qué órgano tenemos para darnos cuenta del paso de los segundos, los minutos, las horas, con tan sorprendente precisión? ¿En qué lugar de nuestro cerebro disponemos de un reloj interior? Tal vez en todas partes y en ninguna parte. Tal vez la conciencia como tal sea esencialmente la percepción del tiempo. Y no otra cosa. Por eso no podemos concebir la ausencia de tiempo. Porque en ese momento dejamos de ser conscientes. Esto explica que los enigmas relacionados con el tiempo sean los más insondables de todos, siendo así que el tiempo es también lo más ordinario, lo más inherente a nuestra forma de entender el mundo. Paradoja suprema. Anteayer pensé en todo eso mientras asistía en el teatro a la célebre obra de Priestley que trata sobre el Tiempo, la insensatez, la decadencia personal y colectiva, y los sueños fatalmente rotos. Es una obra que parece inspirada en las extrañas teorías de Dunne, según las cuales las cosas no acontecen, sino que son. Seríamos nosotros, o sea nuestra conciencia, los únicos que acontecemos, en medio de un mundo inmutable. Cada instante de nuestras vidas sería un fotograma de un film. Y cada fotograma estaría perviviendo eternamente, más allá de lo que nosotros creamos ver por mor del engaño de nuestra conciencia.
Esto, antes que Dunne y los físicos cuánticos, ya lo había intuido Blake, el poeta que veía el Mundo en un Grano de Arena y sentía la Eternidad en una Hora. A Blake le cita precisamente uno de los Comway en una escena maravillosa que da sentido a toda la pieza: “…el hombre fue creado para la alegría y la amargura, y ambas forman un manto finamente tejido que envuelve nuestras vidas; bajo cada pena y padecimiento discurre un júbilo de hilo de seda, y cuando sabemos esto rectamente, es más llevadero nuestro paso por el mundo…”



